- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte XI)
- La ofrenda
- Nadie tiene mayor
amor que este, que ponga alguno su vida por sus amigos.
-
- Había anochecido en el
cuartel de los pretorianos. Lúculo se hallaba sentado
al lado de una lámpara que despedía su luz brillante
por todo el rededor. De pronto hubo de levantarse al oir un toque
en la puerta. Prestamente la abrió. Un hombre entró
y avanzó silenciosamente hasta el centro del cuarto. Luego,
desembozándose de la gran capa en que venía envuelto,
quedó descubierto en la presencia de Lúculo.
-¡Marcelo! -exclamó éste preso de asombro,
y saltando hacia delante abrazó a su visitante con visibles
muestras de gozo.
- Querido amigo mío -dijo él-, ¿a qué
azar feliz debo yo este encuentro? Me hallaba precisamente pensando
en ti, y no me imaginaba siquiera cuándo nos veríamos
otra vez.
- Yo temo que nuestros encuentros -dijo Marcelo tristemente-,
no serán muy frecuentes de hoy en adelante. Este lo he
procurado con grave riesgo de mi vida.
- Verdaderamente es así -dijo Lúculo, compartiendo
la tristeza del otro-. Tú estás perseguido con
el más airado interés, pues se ofrece un rescate
por ti. Con todo eso, aquí debes considerarte tan seguro
como lo estuviste siempre en los días felices de que fueras
poseído de aquella locura. ¡Oh, mi querido Marcelo!
¿Por qué no pueden volver otra vez aquellos días?
- No puedo cambiar mi naturaleza ni deshacer lo que he hecho.
Además, Lúculo, aunque mi suerte pueda parecerte
dura, jamás he sido tan feliz como lo soy actualmente.
- ¡Feliz! -exclamó el otro con profunda sorpresa.
- Sí, Lúculo, aunque afligido, no he sido derribado;
aunque perseguido, no desespero.
- La persecución ordenada por el emperador no es cosa
ligera.
- Sí, eso ya lo sé bien. Yo veo ante ella a mis
hermanos cada día. Cada día se estrecha más
el cerco que me rodea.
- Cada momento me despido de amigos
a quienes no vuelvo a ver más. Algunos compañeros
suben a la ciudad, pero no regresan sino sus despojos. Vuelven
allí para ser sepultados.
- Y con todo eso, ¿dices tú que estás feliz?
- Si, Lúculo, tengo una paz que el mundo no conoce, una
paz que viene de arriba y que sobrepuja todo entendimiento.
- Mi estimado Marcelo, a mi me consta que tu eres demasiado valiente
para que le temas a la muerte; pero nunca pensé que tuvieras
tal fortaleza para soportar con tan profunda calma todo lo que
yo sé que debes estar sufriendo actualmente. O bien tu
valor es superhumano, o es el valor que da la locura.
- Viene de arriba, Lúculo. Jesucristo, mi Señor,
es para mi mucho más que todas las riquezas y el honor
del mundo. Antes me era absolutamente imposible haberlo sentido
así, pero ahora todas las cosas viejas han pasado, y he
aquí, todas han sido hechas nuevas. Sostenido por este
nuevo poder, yo podré soportar los peores de los males
que puedan sobrevenirme. No espero nada en la tierra sino sufrimiento
mientras aquí viva. Yo sé que moriré en
la peor de las agonías, con todo, ese pensamiento no es
capaz de doblegar la indomable fe que mora dentro de mi.
- Me apena en el alma -dijo Lúculo tristemente-, verte
persuadido de tal determinación. Pues si yo viera el más
pequeño signo de fluctuación en ti, tendría
la esperanza de que el tiempo cambiaría o por lo menos
modificaría tus sentimientos. Pero ya me convenzo que
te hallas firme de modo inconmovible en tu nuevo camino.
- ¡Quiera Dios concederme que pueda permanecer firme hasta
el fin! -dijo Marcelo fervorosamente-. Pero la verdad es que
no vine a hablarte de mis sentimientos. Vine, querido Lúculo,
a pedir tu ayuda, tu conmiseración y auxilio. Me prometiste
una vez demostrarme tu amistad, si la necesitaba. Aahora vengo
a pedirte que cumplas tu promesa.
- Todo lo que depende de mi es tuyo de antemano, Marcelo. Dime
qué quieres.
- Tú tienes un prisionero.
- Sí, muchos.
- Este es un muchachuelo.
- Yo creo que el personal a mis órdenes capturó
un muchacho hace poco.
- Esa criatura es demasiado insignificante a merecer captura.
El se halla bajo la ira del emperador, pero todavía está
en tu poder. Yo vengo, oh Lúculo, a implorarte por su
libertad.
- Ay de mí, querido Marcelo, ¿qué es lo
que pides? ¿Acaso te has olvidado de la disciplina del
ejército romano, o del juramento militar? ¿No sabes
bien tú que si yo hiciera esto, violaría el juramento
y me haría traidor? Si tú me pides que me arrojase
sobre mi espada, yo haría eso más fácilmente
que esto que me dices.
- Yo no he olvidado el juramento militar ni de la disciplina
de la fuerza, Lúculo. Yo pensaba en este menor, que apenas
es un niño, y bien podría no considerársele
como prisionero. ¿Acaso los mandatos del emperador comprenden
a los niños?
- El no hace distinción de edades. ¿No has visto
niños tan menores como éste sufrir la muerte en
el Coliseo?
- Ay, sí lo he visto -dijo Marcelo, al volver sus pensamientos
a las niñas cuyo canto de muerte le impresionó,
causándole tanta pena y al mismo tiempo le fue tan dulce
al corazón-. Este muchacho, entonces ¿también
tiene que sufrir la muerte?
- Sí -dijo Lúculo-, salvo que renuncie solemnemente
al cristianismo.
- Y eso jamás lo hará él.
- Entonces de inmediato se le aplicará la sentencia. Es
la ley lo que lo hace y no yo, Marcelo. Yo sólo el instrumento.
- No me avergüences, ni me
lo imputes a mí.
- Yo no te estoy culpando. Yo se muy bien lo severo que eres
tú en la obediencia. Si tú desempeñas tu
puesto, tienes que cumplir con tu deber. Empero, déjame
hacerte otra propuesta. El entregar prisioneros no es permitido,
pero el canje sí es legal.
- Sí.
- Si yo te dijera de un prisionero mucho más importante
que este muchacho, lo canjearías ¿no es verdad?
- Pero no nos has tomado a ninguno de nosotros.
- No, pero tenemos potestad sobre todo nuestro pueblo. Y hay
algunos de nosotros por cuyas cabezas el emperador ha ofrecido
una gran recompensa. Pues por la captura de éstos, cientos
de muchachos como éste serían gustosamente entregados.
- ¿Es entonces costumbre entre los cristianos entregarse
los unos a los otros? -preguntó Lúculo sorprendido.
- No, pero algunas veces un cristiano ofrecerá su propia
vida para salvar la del otro.
- ¡Imposible!
- Tal es el caso en este ejemplo.
- ¿Quién es el que se ofrece por este muchacho?
- ¡Yo, Marcelo!
- Ante esa asombrosa declaración
Lúculo retrocedió.
- ¡Tú ¡ -exclamó él.
- ¡Sí, yo mismo!
- Esta bromeando. Es imposible.
- Te hablo con toda seriedad. Es por eso que ya he expuesto mi
vida al venir ante ti. He demostrado el interés que tengo
por él al arriesgarme a tanto peligro. Yo te explicaré.
Este niño Polio es el último de una antigua noble
familia romana. Es el único hijo de su madre. Su padre
murió en el campo de batalla. El pertenece a los Servilii.
- ¡Los Servilii! ¿Luego su madre es la señora
Cecilia?
- Sí. Ella es una de las refugiadas de las catacumbas.
Toda su vida y su amor no son sino este muchacho. Cada día
lo deja ella que salga a la ciudad en una peligrosa aventura,
pero en su ausencia ella sufre indescriptible agonía.
Con todo, ella teme retenerlo sin salir de allí, por temor
de que aire húmedo que es tan fatal para los niños
vaya a originarle la muerte. Y así ella lo expone a lo
que ella cree que es el peligro menor. Este es el niño
que tienes prisionero. Esa madre lo ha sabido y ahora ella yace
debatiéndose entre la vida y la muerte. Si tú lo
sacrificas, ella también morirá, y ya no será
uno de los más nobles y puros espíritus de Roma.
- Por estas razones es que yo vengo a ofrecerme en canje. ¿Qué
soy yo? Yo estoy solo en el mundo. Ninguna vida se halla vinculada
a la mía. No hay nadie que dependa de mí para el
presente y el futuro. Yo no le temo a la muerte. Puede venir
tan igualmente ahora mismo, como puede venir en otra ocasión.
Tarde o temprano tiene que venir, y yo prefiero mucho mejor dar
mi vida por mi amigo que ofrecerla inútilmente. Por todas
estas razones, oh Lúculo, es que te lo imploro, por sagrados
lazos de amistad, por tu compasión, por tu promesa que
me hiciste, dame esta ayuda que te pido, y toma mi vida en canje
por la de él.
- Lúculo se puso de pie
y se paseó por la sala, conteniendo una gran agitación
dentro de sí.
- ¿Por qué, oh Marcelo -exclamó al último-,
me sometes a tan terrible prueba?
- Mi propuesta es fácil de que la recibas.
- ¿Te olvidas acaso que tu vida me es igualmente preciosa?
- Pero, piensa en este pequeño niño.
- Efectivamente, yo lo compadezco en el alma. ¿Pero piensas
que yo puede recibir tu vida en prenda?
- Pues mi vida ya está dada en prenda, y yo la ofreceré
tarde o temprano. Y por eso te imploro que me des la oportunidad
de ofrecerla en la forma en que puede ser útil.
- Tú no morirás, mientras esté a mi alcance
evitarlo. Tu vida no está todavía en prenda. Por
los dioses juro que pasará mucho antes que tu puedas ocupar
un lugar en la arena.
- Nadie me podrá salvar una vez que yo sea aprehendido,
aunque hicieras todo lo que pudieras. ¿Qué puedes
hacer para salvar a uno sobre quien está cayendo la inexorable
ira del emperador?
- Yo puedo hacer mucho para desviarla. Tu no estás en
condiciones de saber cuánto se puede hacer. Pero, aun
cuando yo no pudiera hacer nada, con todo no voy a acceder a
esta tu propuesta ahora.
- Si yo mismo me presentara ante el emperador, él tendría
que oír mi petición.
- En te pondría en presión en el acto, y a ambos
los haría matar.
- Yo podría enviar un mensaje con mi propuesta.
- El mensaje nunca llegaría a él; o al menos no
llegaría hasta cuando ya fuera demasiado tarde.
- Entonces, ¿no hay esperanza alguna? -dijo Marcelo tristemente.
- Absolutamente ninguna.
- ¿Y en absoluto también te niegas a concederme
mi petición?
- Al, Marcelo ¿cómo podría hacerme responsable
de la muerte de mi más querido amigo? Tú no tienes
misericordia de mí. Perdóname si me tengo que negar
a aceptar tu temeraria propuesta.
- Hágase la voluntad del Señor, mi Dios dijo Marcelo
amargamente-. Debo, pues, regresar a prisa. ¡Hay! ¿Cómo
puedo yo presentarme con este mensaje de desesperación?
- Los dos amigos se abrazaron
en silencio y Marcelo partió, dejando a Lúculo
agobiado con su asombrosa y temeraria propuesta.
Marcelo regresó sano y salvo a las catacumbas. Los hermanos
que allí estaban y que sabían de los propósitos
con que había salido, le recibieron gozosos en medio de
su dolor.
La señora Cecilia todavía yacía víctima
de aquel sopor, consciente sólo a medias de los acontecimientos
que se realizaban a su rededor. Había momentos que su
mente divagaba. Y en su delirio solía conversar como si
se hallara entre escenas felices de su vida pasada. Empero la
vida de las catacumbas, esas alternativas entre la esperanza
y el temor, entre el gozo y la tristeza, entre esa ansiedad que
siempre rodeaba a los refugiados y el aire por demás deprimente
de aquel lugar en sí, habían llegado a abatirla
tanto en su mente como en su cuerpo. Su frágil naturaleza
sucumbía bajo la furia implacable de aquella ordalía,
y que éste último, el más pesado y amargo
de los golpes que caía sobre ella, había completado
su postración. De los mortales efectos de todo esto, ya
no podía recuperarse.
Aquella noche todos velaron y oraron alrededor de su camilla.
Cada instante se debilitaba más, y lenta pero seguramente,
su vida se esfumaba, quedando sólo un fallecer prolongado.
De aquel descenso tal real, ya ni aun la restitución de
su hijo la podría salvar.
Pero aunque las facultades pensantes y terrenas la habían
dejado, y los sentimientos terrenales se habían debilitado,
aquella pasión dominante en ella en sus últimos
años en nada había disminuido en su poder sobre
ella. Sus labios helados musitaban todavía las palabras
bienhechoras que tanto tiempo había sido su apoyo e inspirado
sus actos. El nombre de su menor hijo querido lo balbuceaba como
con los últimos hálitos, aunque inconsciente del
peligro que lo rodeaba. Pero el nombre de Jesucristo era pronunciado
con el fervor más profundo.
Sin embargo, hubo de llegar el momento final. Reaccionando de
su largo período de calma, sus ojos se abrieron brillantes
e inmensos, un colorido de luz se posesionó de su rostro
malicento, y de sus labios se oyeron débilmente las palabras:
"¡Ven, Señor Jesús!" Y con aquel
clamor, la vida dejó el cuerpo, y el espíritu purificado
de la señora, hermana Cecilia, había vuelto a Dios,
quien lo dio.
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