- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte XII)
- El Juicio de Polio
- De la boca de los
pequeñitos y de los que maman, perfeccionaste la alabanza.
-
- En un edifico no lejano del
palacio imperial había un amplio salón. Su piso
era de mármol, que se mantenía siempre brillante,
y enormes columnas de pórfido soportaban el artesonado
techo. En el extremo del departamento había un altar con
una estatua de una deidad pagana. Y en el lado opuesto los magistrados
luciendo sus togas oficiales ocupaban asientos prominentes. Delante
de ellos había algunos soldados vigilando al prisionero.
El único prisionero esta vez era el niño Polio.
La palidez de su rostro contrastaba con su porte erguido y firme.
La extraordinaria inteligencia que le había caracterizado
siempre, no le abandonó en estos momentos solemnes. Sus
ágiles miradas captaban todos los detalles de ese escenario.
El sabía bien la inexorable condena que pendía
inminentemente sobre él. Y con todo, ni la menor traza
de temor o de indecisión pasaba siquiera sobre él.
- El ya sabía que el único
vínculo que le había unido a la tierra había
partido. Las primeras horas de aquella mañana le habían
saludado con la noticia de que su madre había sido llamada
arriba. Le había sido transmitida por una persona que
entendía que le fortalecería en su resolución.
Ese mensajero había sido Marcelo. La benevolencia, bastante
arriesgada, de Lúculo le había hecho posible esa
entrevista. El pensamiento había sido acertado. Mientras
su madre vivía, el pensar en ella podía haber debilitado
su resolución; mas ahora, liberada ella de las catacumbas
y con Cristo, él estaba animado del más vivo anhelo
de partir también. En su fe sencillísima creía
que la muerte le uniría en el instante a su bien amada
madre. Animado de ese sentir, esperaba ávidamente el interrogatorio.
- ¿Quién eres tú?
- Marcos Servilio Polio
- ¿Qué edad tienes?
- Trece años.
- Ante la mera mención
de su nombre un murmullo de compasión se difundió
entre la asamblea, pues ese nombre era muy conocido en Roma.
- - Se te acusa del delito de
ser cristiano. Tú ¿qué dices?
- Excelencia, yo no soy responsable de ningún delito -dijo
el niño-. ¡Yo soy cristiano, y me complace íntimamente
poder confesarlo delante de los hombres!
- Es lo mismo que suelen decir todos ellos -dijo indiferente
uno de los jueces-. Todos ellos tienen la misma fórmula.
- ¿Sabes tú cuál es la naturaleza de tu
crimen?
- ¡Yo no he cometido ningún crimen! -dijo otra vez
Polio-. Mi fe me enseña a temer solamente al Dios vivo
y a honrar al emperador. Todas las leyes juntas siempre las he
obedecido. No soy, pues, ningún traidor.
- Ser cristianos es ser traidor.
- ¡ Cristiano, lo soy; pero traidor no!
- La ley del estado te prohibe ser cristiano, bajo pena de muerte.
Pues, si tu eres cristiano, debes morir.
- Yo soy cristiano -repitió Polio firmemente.
- Entonces debes morir.
- Amén. Así sea.
- Pero, muchacho, ¿sabes tú lo que es sufrir la
muerte?
- De la muerte. ¡Ah! He visto demasiado de la muerte durante
los pocos meses últimos. Y siempre he estado a la expectativa
del momento en que pueda ofrecer mi vida por mi Señor
resucitado, cuando mi turno llegase.
- Muchacho, tú eres muy pequeño. Nosotros te compadecemos
por tu tierna edad y falta de experiencia. Tú has sido
instruido especialmente y en forma tan peculiar que apenas puedes
ser responsable de esa tu temeraria locura. Por todas estas consideraciones
queremos hacerte concesiones. Esta religión que te ciega
neciamente es una necedad. Tu crees que un pobre judío,
que fuera crucificado hace doscientos años, es Dios. ¿Hay
por ventura algo más absurdo que esto? Nuestra religión
es la religión del estado. Tiene en sí lo suficiente
para satisfacer las mentes de los menores y de los adultos, de
los ignorantes y de los sabios. Deja, pues, esa loca superstición
y vuelve a la religión más sabia y más antigua.
- Yo no puedo.
- Tú eres el último de una familia noble. El estado
reconoce la dignidad y la nobleza de los Servilii. Tus antepasados
disfrutaron de pompa, de riqueza y de poder. Tú ahora
eres un mozuelo pobre y miserable y prisionero. Se, pues, sabio,
Polio. Piensa en la gloria de tus antecesores y arroja a un lado
el miserable obstáculo que te está segregando de
toda la ilustrísima fama de ellos.
- Yo no puedo.
- Has vivido como un reprobado miserable. El mendigo más
pobre de Roma la pasa mucho mejor que tú. Su alimento
lo obtiene con menos afanes y menos humillación. Su refugio
se halla a la luz y al aire del día. Y sobre todo él
siempre está seguro. Su vida es propia de él. El
no tiene necesidad de vivir en permanente temor de la justicia
de Roma. Pero tú has tenido que arrastrar una vida, la
más miserable siempre en necesidad apremiante, en peligro,
en las tinieblas. ¿Qué, pues, te ha dado tu ponderada
religión? ¿Qué ha hecho por ti aquel judío
deificado? Nada. Y peor que nada. Vuélvete pues, de en
pos de este engañador. En cambio tendrás la riqueza,
la comodidad, los amigos y los honores del estado y el favor
del emperador. Todo será tuyo.
- Yo no puedo.
- Tu padre fue un súbdito leal y un valiente soldado.
El murió por su patria en el campo de batalla. Te dejó
muy pequeño, pero como el único heredero de todos
sus honores y como el último puntal de su noble casa.
Lejos estaría de él pensar siquiera en las pérfidas
influencias que te cercarían descarriándote a la
perdición. Tu madre, con su mente debilitada por el dolor,
se rindió a las insidiosas astucias de los falsos maestros,
y de la misma manera ella en su ignorancia labró la ruina
tuya. Si tu padre viviera, tú serías ahora la esperanza
de su nobilísima casta; tu misma madre también
habría seguido fiel la fe de sus ilustres antepasados.
¿No valoras tú la memoria de tu padre? ¿Acaso
no te corresponde hacia él principalmente un deber filial?
¿No piensas tu que es pecado amontonar deshonra sobre
el glorioso nombre que debes enorgullecerte en llevar, arrojando
sobre él el baldón de tu traición, siendo
un nombre que se te ha transmitido sin mancha? Deja, pues, esas
ilusiones locas que te ciegan. Por la memoria de tu padre, por
el honor de tu familia, apártate de ese camino que has
tomado.
- - De ninguna manera les hago
yo deshonor. Mi fe es pura y santa. Yo puedo morir, pero no puedo
traicionar a mi salvador.
- Tú estás viendo que mostramos misericordia contigo.
Tu noble nombre, como tu inexperiencia nos causan lástima.
Si tu fueras un prisionero común te ofrecer pocas palabras
la simple elección entre retractarte o morir. Pero en
este caso queremos razonar contigo, porque no queremos que se
extinga una noble familia por la ignorancia u obstinación
de un heredero degenerado.
- Os agradezco de todas vuestras consideraciones -dijo Polio-,
pero vuestros argumentos no significan nada para mí ante
la suprema autoridad de mi Dios.
- ¡Muchacho temerario e irreflexivo! Acaso puedes tú
encontrar un argumento más poderoso. La ira del emperador
es irresistible.
- Aun más terrible es la ira del Cordero.
- Eso que tú hablas es un lenguaje sin inteligencia. ¿Qué
es eso que llamas "la ira del Cordero:? ¿Por qué
no piensas en lo que es inminente sobre ti?
- Mis hermanos y amigos ya han soportado todo lo que vosotros
podéis hacer al cuerpo. Y yo confío que me sostendrá
igual fortaleza.
- Pero, ¿Puedes tú soportar los terrores de la
arena?
- Yo cuento con la fortaleza del que venció la muerte.
- ¿Puedes tú enfrentarte con los leones y tigres
salvajes que se precipitarán sobre ti?
- Aquel en quien yo confío no me abandona en el momento
que lo necesito.
- Tú estás muy confiado.
- Precisamente confío en que me amó a tal extremo
que se entregó a sí mismo por mí.
- Pero, ¿No has pensado tú en la muerte por el
fuego? ¿Estás listo para hacer frente a la muerte
en las llamas de la pira?
- ¡Ah! Si debo sufrirlas, no me estremece. En lo peor de
ellas cuento con mi Dios, y luego por siempre estaré con
él.
- Estás poseído del fanatismo y de la superstición.
No sabes tú qué es en realidad lo que te espera.
Es, pues, muy fácil hacer frente a las amenazas, es fácil
pronunciar palabras y hacer alarde de valor. Pero, ¿qué
será de ti cuando te veas frente a la terrible realidad?
- Pues miraré hacia Aquel que nunca abandona a los suyos
en la hora de la prueba.
- ¡El no ha hecho nada por ti hasta este momento!
- El ha hecho todo por mí. El dio su propia vida para
que yo viva. Por El yo tengo una vida que es más noble
y que es eterna y que no se puede compara con la que vosotros
me quitáis.
- Eso no es sino un sueño tuyo. ¿Cómo es
posible que un judío miserable pueda hacer eso?
- El es la plenitud de la divinidad. Dios manifestado en carne.
El sufrió la muerte del cuerpo para que nosotros recibamos
vida para el alma.
- Pero ¿nada puede abrirte los ojos? ¿No te basta
que hasta ahora esa loca creencia no te ha traído nada
más que miseria y dolor? ¿Vas a insistir en tu
creencia? Ahora que ves que la muerte te es inevitable, ¿no
vas a volverte de tus errores?
- El mismo me da fortaleza para vencer a la muerte. No la temo.
La muerte para mi no es más que un sencillo paso de esta
vida de dolor y de gemido a una bienaventuranza inmortal. Bien
sea que yo muera devorado por las fieras salvajes o por las llamas,
dará lo mismo. El me fortalecerá para que pueda
permanecerle fiel. El me sostendrá y llevará mi
espíritu en el mismo instante a la vida inmortal en los
cielos. La muerte, que vosotros teméis y con la que me
amenazáis, no tiene terrores; empero la vida, esa vida
a que me invitáis, tiene consecue4ncias más terribles
que mil muertes en las llamas.
- Por última vez, muchacho, te damos una oportunidad.
Niño temerario, cálmate y medita por un momento
en tu necia carrera de insensatez. Prescinde por un instante
de los dementes consejos de tus fanáticos maestros. Reflexiona
en todo lo que se te ha dicho. Tienes todavía a tu disposición
la vida, una vida llena de gozo y de placer, una vida rica en
toda bendición. El honor, los amigos, la riqueza, el poder:
todo es tuyo. Un nombre noble y las posesiones de tu familia
te están esperando. ¡Todo eso es tuyo por herencia!
Hoy para ganar estas cosas no tienes que hacer nada sino tomar
esta copa y derramar su contenido en aquel altar. ¡Tómala,
hijo! ¡Es el acto más sencillo, el que se te pide
que hagas! ¡Resuélvete y ejecútalo! ¡Salva
tu vida, sálvate a ti mismo de esa muerte angustiosa!
- Todos los ojos de los presentes estaban clavados sobre Polio
en el momento en que se le hacía esta última oferta.
Pues hasta aquí les había llenado de asombrosa
admiración la firmeza en que sostenía. Eso sobrepujaba
el entendimiento de todos ellos.
- Pero aun esta última instancia tan insidiosamente tentadora,
no le causó el menor efecto. Pues el niño Polio
con palidez en su rostro pero con fuego vehemente en el alma,
hizo a un lado con firme serenidad la copa que le era propuesta.
- ¡Jamás traicionaré a mi Salvador, que está
a mi lado!
- Ante aquellas palabras se hizo una pausa momentánea.
Y luego se oyó la voz del magistrado supremo de la justicia
romana:
- Tú has pronunciado tu propia sentencia mortal, Sacadlo
de aquí, -dijo a continuación a los soldados que
se hallaban presentes.
- Indice - Siguiente Capítulo
|