- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte XIII)
- La muerte de Polio
- Sé fiel hasta
la muerte y yo te daré la corona de vida.
-
- La sentencia de Polio fue sumarísima
e irrevocable. El día siguiente hubo espectáculo
en el Coliseo. lleno hasta los
- asientos del tope con la multitud
de romanos sedientos de sangre humana, fue un despliegue de la
misma sucesión de horrores repugnantes que anteriormente
se ha descrito.
Nuevamente los gladiadores pelearon y se mataron unos a otros,
individualmente y en masa. Una variedad de formas de combate
se conocían en la arena ;Y de ellas, las que más
sufrimiento mortal infligían hallaban el mayor favor de
los asistentes.
Otra vez se presentaron las escenas interminables de derramamiento
de sangre y de agonía. Los feroces campeones del día
recibieron las efímeras felicitaciones de los veleidosos
espectadores. De nuevo el hombre peleó contra el hombre,
o libró aun más feroces combates contra el tigre.
Se repitió la escena del gladiador herido que miraba lastimero
impetrando misericordia, no viendo otro signo sino el de muerte,
los pulgares de los crueles espectadores vueltos hacia abajo.
Para saciar los apetitos de la multitud, ahora se demandaba una
mayor y más desalmada matanza. Pues por aquel día
no tenía atracción el mirar combates entre hombres
cortejados.!Ah! Pero ya se sabía que los cristianos habían
sido reservados para cerrar el espectáculo, y la aparición
de ellos se esperaba y se imponía impacientemente.
Lúculo estaba entre los guardas cerca del escaño
del emperador. Mas su semblante, de alegre que era, se había
tornado pensativo.
Mucho más arriba, en los asientos detrás de él,
había un rostro severo y palidísimo que sobresalía
entre todos, por la mirada concentrada hacia la arena que tenía.
Ese rostro era preso de una expresión de ansiedad tan
profunda que hacia notable contraste con todos los que se encontraban
reunidos en tan vasta asamblea.
De pronto se oyó el sonido del bronco rechinar de las
rejas, y se vio saltar el primer tigre a la arena .Levantó
la cabeza desafiante y se azotaba con su propia cola, acechando
amenazante por todo el rededor, relumbran
- De sus feroces ojos sobre la
enorme masa de seres humanos que colmaban el enorme anfiteatro.
- No tardó en oírse
un murmullo. Un muchacho fue arrojado a la arena.
- De rostro pálido y contextura
ligera, desnutrido en extremo, era nada ante la mole de la bestia
furiosa. Y en son de escarnio se le había vestido como
gladiador .
- Y sin embargo, a despecho de
su tierna infancia y su debilidad, no había nada en su
rostro ni en su actitud que revelara el menor asomo de miedo.
Revelaba posesión de si mismo en su mirada apacible. Avanzó
hacia adelante serenamente hasta el centro de la arena, y allí,
a la vista de todos, elevó sus manos juntas levantó
sus miradas al cielo y hablo a su Dios.
- Mientras tanto el tigre seguía
amenazante, desplazándose como al entrar. Había
visto al niño, pero no le había hecho efecto alguno.
Seguía levantando las miradas de sus ojos sanguinarios
hacia las enormes murallas y de vez en cuando lanzaba salvajes
rugidos.
- El hombre del rostro severo
y triste miraba absorto como si toda su alma acompañara
esa mirada.
- El tigre por su parte no parecía
mostrar el menor deseo de atacar al muchacho cristiano que seguía
orando.
- La multitud ya se tornó
impaciente. Surgieron murmullos y exclamaciones y gritos con
la intención de
- Enfurecer a la fiera para que
atacara a su víctima.
Pero ahora de en medio del tumulto surgió el sonido de
una voz profunda y terrible:
Hasta cuándo, oh Dios, santo y verdadero, no vengas
tú
Nuestra sangre de los que moran en la tierra?
Siguió un silencio profundo y aterrorizado. Cada uno de
los espectadores miraba al que estaba a su lado.
Pero el silencio fue interrumpido por la misma voz, que repitió
con énfasis admonitivo:
He aquí viene en las nubes;
Y todo ojo le verá,
Y también los que le traspasaron le verán;
Y todos los linajes de la tierra lamentarán a
Causa de EL.
Así sea Amén, Amén.
Tú eres justo, oh Señor,
Que eres, que eras y que has de ser,
Porque Tú has hecho juicio.
Por que ellos derramaron la sangre de los santos
Y de los profetas,
Por que ellos son dignos.
Así, Señor Dios todopoderoso,
Tus juicios son justos y verdaderos.
- Pero ahora los murmullos y los
gritos y clamores cundieron por todas partes. Y no tardo en desaparecer
la causa de la perturbación.
Era uno de esos malditos cristianos. Era el fanático Cina.
Lo habían tenido reclutado cuatro días sin darle
alimentos.!Sacadlo ! !Afuera con el! !Echadlo al tigre!.
Los clamores y las maldiciones surgían de todas partes,
tornándose un solo y enorme estruendo. El tigre saltaba
alrededor mas frenéticamente. Los guardas escucharon las
palabras de la multitud y se apresuraron a obedecer.
No tardaron en abrirse las rejas. Y la victima fue arrojada al
ruedo. Temeroso, mascilento y en extremo pálido, avanzo
hacia el centro con pasos trémulos. Sus ojos mostraban
un brillo extraordinario, sus mejillas ardían enrojecidas,
su cabello descuidado y su larga barba se veía enmarañados
en una sola masa.
El tigre al verlo se encamino saltando hacia el. Empero, a una
corta distancia la fiera embravecida se agazapo. El niño,
que había estado de rodillas, se puso en pie y miro. Por
su parte Cina no veía tigre alguno.
Sus miradas se dirigían a la turba, y agitando en alto
su brazo macilento, clamo muy alto y en los mismos tonos admonotivos:
-!Ay ,ay, ay de los habitantes de la tierra!
Su voz fue acallada por torrentes de sangre. No hubo sino un
salto, una caída, y ante los ojos humanos, nada mas.
Y ahora el tigre se encamino hacia el niño. Su sed de
sangre habíase excitado. Su pelaje erecto, flamantes los
ojos, y azotándose con la cola, se mantenía inmóvil
frente a su presa.
El niño vio llegar su porción ultima en la tierra,
y nuevamente se arrodillo. El populacho enmudeció y quedo
extático, preso de profunda excitación y en ansiosa
espera de la nueva escena sanguinaria .Aquel hombre que había
estado contemplando atentamente, ahora se levantó y permaneció
de pie, aun contemplando la escena que se desarrollaba abajo.
Detrás de el salió inmediatos gritos que seguían
en aumento de numero y volumen:-!Abajo, abajo, siéntate!
!No impidas la vista!.
Pero el hombre, sea que o oía o bien intencionalmente,
no hacía caso. Finalmente el ruido creció tanto
que llamó la atención de dos oficiales que estaban
abajo, quienes voltearon para ver cuál era la causa.
Lúculo naturalmente fue uno de ellos. Habiendo volteado
a mirar, vio toda la escena. Detuvo brevemente su mirada y palideció
a muerte.
- ¡Marcelo! - exclamó él. Por un momento
casi cayó hacia atrás, pero no tardó en
recuperarse y se dirigió apresuradamente a la escena del
disturbio.
- Peor ahora había estallado
un murmullo profundo entre el gentío. El tigre que había
estado paseándose alrededor del niño una y otra
vez, azotándose él mismo con creciente furia, ahora
se había agazapado en preparativos para dar su final zarpazo.
- El niño se levantó.
En su rostro resplandecía una expresión angelical.
Sus ojos despedían de sublime entusiasmo. El ya no veía
la arena, ni las murallas gigantescas que le rodeaban, ni tampoco
las largas hileras de asientos y las innumerables caras hostiles;
ya no veía los implacables ojos de los crueles espectadores,
ni menos la forma gigantesca del salvaje enemigo.
- Su espíritu ya parecía
ingresar victorioso por las puertas de oro de la Nueva Jerusalén,
y la gloria inefable del pleno día de los cielos le inundó
el rostro de sus fulgores.
- ¡Madre, vengo contigo! ¡Señor Jesús,
recibe mi espíritu!
- Esas palabras sonaron con toda
nitidez y claridad en el oído de aquella multitud. Todos
permanecieron en quietud sepulcral, y el tigre saltó.
Los siguientes momentos no hubo más que una masa que se
removía cubierta a medias por una nube de polvo.
- La lucha concluyó. El
tigre regresó; la arena había sido teñida
de rojo, y sobre ella yacían los despojos mutilados del
real y noble Polio.
- Una vez al amparo del silencio
que siguió, se dejó oír un clamor que tenía
la intensidad de una trompeta que sobrecogió a cada uno
de los presentes.
- ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?
¿Dónde está, oh sepulcro tu victoria?...
Gracias sean a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro
Señor Jesucristo.
- Mil hombres se levantaron simultáneamente
en arranques de ira e indignación. Mil manos se levantaron
señalando hacia el atrevido intruso.
- - ¡Un cristiano! ¡Un
cristiano! ¡A las llamas con él! ¡Echadlo
al tigre! ¡Arrojadlo a la arena!.
- Con tales gritos contestó
todo el gentío a la voz admonitiva.
- Lúculo se hizo presente
en el lugar en el momento preciso para rescatar a Marcelo de
la turba enfurecida de romanos que se aprestaban a despedazarlo.
Diríase que el tigre silvestre que estaba en la arena
no estaba tan enfurecido y tan sediento de sangre como lo estaban
ellos. Lúculo se precipitó impetuosamente entre
todos, cual guarda de fieras salvajes.
- Atemorizados por su autoridad
se volvieron atrás, habiéndose acercado los soldados.
- Una vez afuera se hizo cargo
él mismo del prisionero. Los soldados le siguieron a distancia.
- ¡Ay, Marcelo, Marcelo! ¿No es una locura que expongas
así tu vida?
- Yo hable por un impulso del momento. ¡Pues aquel niño
a quien yo amaba tanto moría ante mis ojos! ¡No
pude contener mi propio ímpetu! ¡De eso me complazco
y estoy muy lejos de arrepentirme! ¡Pues yo también
estoy listo a ofrecer mi vida por mi Rey y mi Dios!
- Yo no puedo entrar en razones contigo. ¡Tus actos sobrepujan
todo argumento y entendimiento!
- No fue mi intención entregarme; pero lo que he hecho,
y cómo he sido inspirado a hacerlo me satisface íntimamente.
Sí, voy gustoso y gozoso siguiendo el camino trazado por
mi Redentor, de quien es mi vida, sea que viva o la ofrezca aquí.
- ¡Ay, amigo querido! ¿No consideras tu vida?
- ¡Yo amo a mi Salvador más que mi vida!
- Mira, Marcelo, el camino está abierto delante de ti.
Huye velozmente. Corre, y salva tu vida. Lúculo le dijo
esto apuradamente en voz baja, abriéndole el paso mientras
los soldados estaban como a veinte pasos atrás. Había
toda la oportunidad de escapar.
Marcelo presionó la mano de su amigo.
- No, Lúculo, lejos sea de mí salvar mi vida con
deshonra. Reconozco y amo ese tu gran corazón que todo
lo pospone por el amigo, pero no voy a crearte dificultades por
mi amistad.
- Lúculo suspiró
y siguió en silenciosa reflexión.
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