- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte XIV)
- La tentación
Todo esto te daré si postrado me adorares.
-
- Aquella noche Lúculo
permaneció en la celda con su amigo. Buscó todos
los argumentos posibles para disuadirlo de su resolución.
Apeló a todos los motivos que comúnmente influyen
en los hombres. No hubo un solo medio de persuasión que
él no empleara. Todos fueron en vano. La fe de Marcelo
se hallaba firmemente apoyada, pues estaba fundada sobre la Roca
de los Siglos, y ni la tormenta de las violentas amenazas, ni
los más tiernos influjos de la amistad, pudieron debilitar
en lo mínimo su consciente determinación.
- No - dijo él - , mi ruta está trazada y yo la
ha elegido. Sea dolor o alegría que me venga e esta tierra,
yo seguiré hasta el fin. Yo sé bien lo que me espera.
He pesado todas las consecuencias de mis acciones, y a despecho
de todo yo seguiré tal como lo resolví.
- - Lo que te pido es la cosa
más sencilla - dijo Lúculo -. No quiero que dejes
tu religión para siempre sino sencillamente por el momento.
Se ha desencadenado una enfurecida persecución, y ante
tan terrible furia todos deben caer, sean jóvenes o viejos,
nobles o esclavos. Tú bien has visto que no se respeta
clase ni edad. Polio podría haber sido salvado si hubiera
sido posible, pues había una gran simpatía en su
favor. Era solamente un niño, apenas responsable de sus
propios actos erróneos; él también era noble,
el último de antigua familia. Pero la ley es inexorable,
y él hubo de sufrir la pena. Cina también podría
habérsele pasado por alto. O era ni más ni menos
que un loco. Empero, tan vehemente es el celo contra los cristianos
que ni aun su evidente locura le pudo poner a salvo.
- - Yo conozco bien que el príncipe
de las tinieblas lucha contra el pueblo de Dios, el cual se halla
fundado sobre la Roca, y las puertas del infierno no pueden prevalecer
contra él. ¿Acaso no he visto yo sufrir igualmente
a los buenos, puros, los nobles, los santos y los inocentes?
¿Acaso no sé que hay guerra sin misericordia contra
los cristianos? Lo sabía muy bien mucho antes de convertirme.
Y siempre he estado preparado para hacer frente a las consecuencias
respectivas desde que he conocido personalmente a Jesús
el Cristo como mi Señor y mi Salvador.
- Escucha querido Marcelo. Te he dicho que sólo te pedía
una cosa sencillísima. Pues esta religión que tú
tanto aprecias, no es necesario que la abandones. Consérvala,
si así debe ser. Pero amóldate a las circunstancias.
Puesto que la tormenta está arreciando, es inteligente
inclinarse y dejarla pasar. Toma una actitud de hombre inteligente,
y no de fanático.
- ¿Qué es lo que quieres que yo haga?
- Es esto. Dentro de unos pocos años sucederá un
gran cambio. Bien la persecución se desvanece, o bien
se genera una reacción, o el emperador puede morir, y
otros gobernantes de diferentes sentimientos le seguirán.
Entonces será legal el hacerse cristiano. Entonces toda
esta gente que hot es afligida puede volver de sus escondites
y ocupar sus antiguos puestos, y surgir a la dignidad y a la
riqueza. Ten presente, pues, todo esto. Y por lo tanto, no arrojes
así infructuosamente tu vida que todavía puede
ser de servicio al estado y de felicidad para ti. Pues por ti
mismo cuídala y resérvala. Mira alrededor de ti
ahora. Considera todas estas cosas. Deja a un lado tu religión
por un breve lapso, y vuelve a la religión del estado.
Así puedes escapar del inminente peligro presente, y cuando
vuelvan tiempos más felices, puedes volver a ser cristiano
en paz.
- Lúculo, esto es imposible. Es abominable a mi alma.
¿Podría acaso ser yo un doble hipócrita?
Si tu comprendieras lo que en mí se ha realizado, no me
pedirías ni por un momento que perjure mi alma inmortal
ante el mundo y ante mi Dios. Es mucho mejor morir inmediatamente
por las más severas torturas que al cuerpo le pueden inferir.
- Tú tomas posiciones tan extremas que me haces despertar
de tu vida, y de la esperanza de salvarte. ¿No quieres
detener a contemplar este asunto racionalmente? No es cuestión
de hacerse perjuro, sino táctica. No es hipocresía,
sino sabiduría.
- Dios no permita que haga eso, de pecar contra El.
- Mira esto más. Tú solamente no te beneficiarás
sino a muchos má. Estos cristianos a quienes tú
amas serán de esa manera ayudados por ti mucho más
efectivamente que ahora. En su presente situación tú
bien sabes que ellos no pueden vivir como antes de la simpatía
y de la ayuda de aquellos que profesan la religión del
estado, pero en secreto prefieren la religión de los cristianos.
¿Acaso vas tú a llamar hipócritas y perjuros
a esos hombres? ¿No son ellos más bien vuestros
benefactores y amigos?
- Estos seres jamás han llegado a conocer la verdadera
fe y la esperanza cristiana que yo tengo. Ellos nunca conocieron
el nuevo nacimiento, la nueva naturaleza divina, la presencia
del Espíritu Santo morando en sus corazones, la comunión
con el Hijo de Dios viviente, como yo lo he experimentado. Ellos
no han conocido el amor de Dios que brota en sus corazones para
darles nuevos sentimientos, esperanzas y deseos. Para ellos sencillamente
simpatizar con los cristianos y ayudarles es una cosa buena;
empero para el cristiano que es lo suficiente vil para abjurar
de su fe y negar a su Salvador que lo redimió, nunca habrá
suficiente generosidad en el corazón y en su alma de traidor
para ayudar a sus hermanos abandonados.
- Entonces, Marcelo, no me queda sino una sola oferta más
que te puedo hacer, y me iré. Es una última esperanza.
No sé si será posible o no. Sin embargo, yo lo
intentaré, si sólo pudiera lograr que tu dieras
tu consentimiento. Se trata de esto. Tú no necesitas abjurar
de tu fe; no necesitas ofrecer sacrificios a los dioses; no necesitas
hacer la menor cosa que tú desapruebes. Dejemos que se
olvide el pasado. Regresa otra vez no de corazón desde
luego, sino en apariencia, a lo que eras antes. Tú eras
un alegre y festivo soldado dedicado al cumplimiento de tu deber.
Nunca tomaste parte en los servicios religiosos. Rara vez estuviste
presente en los templos. Tú pasabas el tiempo en el cuartel,
y tus devociones eran de carácter privado. Tú hacías
acopio de sabiduría de los libros escritos por lo filósofos
los sacerdotes. Haz todo esto nuevamente. Sencillamente vuelve
a tus deberes.
- Preséntate nuevamente en público juntamente conmigo;
nuevamente volvamos a nuestras amigables conversaciones, y dedícate
a tus antiguos objetivos en la vida. Esto será muy fácil
y agradable de hacer y no requiere nada que sea ruin y desagradable.
Las altas autoridades pasarán por alto tu ausencia y tu
mal proceder, y si ellos no quieren que vuelvas a ocupar tus
anteriores honores, con todo puedes ser puesto nuevamente en
el mando de tu legión. Todo irá bien. Se necesitará
un poco de discreción, un cuerdo silencioso, una aparente
vuelta a tu antiguo turno de deberes. En el caso de que permanecieres
en Roma, se pensará que las noticias de tu conversión
al Cristianismo eran erróneas; y si sales al exterior,
no se sabrá nada más.
- No, Lúculo; aun cuando yo consistiera en el plan que
tú propones, no sería factible, por muchas razones.
Se han hecho proclamas sobre mí, se han ofrecido recompensas
por mi aprehensión; y sobre todo, mi última aparición
en el Coliseo ente el mismo emperador fue suficiente para descartar
toda esperanza de perdón. Pero yo no puedo consentirlo.
A mi Salvador no se le puede adorar de esta manera. Sus seguidores
le deben confesar abiertamente. El dice, "El que me confesará
delante de los hombres, el hijo del hombre le confesará
delante de los ángeles de Dios." Pues negarle en
mi vida o en mis actos exteriores es precisamente lo mismo que
negarle en la manera formal que prescribe la ley. Esto pues no
puedo hacerlo yo. Aquel que a mí me amó primero,
yo lo amo, porque El al amarme puso su vida en mi lugar. Mi más
sublime gozo es proclamarle delante de los hombres; morir por
El será el acto más noble que yo pueda hacer, y
la corona de mártir será mi recompensa más
gloriosa.
- Lúculo no dijo nada más,
habiéndose convencido de que toda persuasión era
inútil. El resto del tiempo lo pasaron en conversación
sobre otras cosas. Marcelo no desperdicio estos últimos
momentos preciosos que él pasó con su amigo. Expresándole
la más profunda gratitud por su noble y generoso afecto,
procuró recompensarle explicándole y familiarizándole
con el más elevado tesoro que el hombre puede poseer:
la fe en Cristo Jesús.
- Lúculo le escuchaba pacientemente,
más por amistad que por interés. Con todo, por
lo menos algunas de las palabras de Marcelo quedaron indeleblemente
impresas en su memoria.
- El siguiente día se realizó
el juicio correspondiente. Fue sumario y formal. Marcelo se mostró
inconmovible y recibió su condena con actitud apacible.
Se determinó la tarde de aquel mismo día para que
sufriera su condena. A él no se le concedería el
morir devorado por las fieras salvajes ni en manos de gladiadores,
sino por medio de tormentos más refinados, los del fuego.
- Fue, pues, en la pira, donde
tantos cristianos habían dado ya su testimonio de la verdad,
sonde Marcelo también confirmó su fe rindiendo
su vida. La pira se colocó al centro mismo del Coliseo,
habiéndosele rodeado de enormes haces de combustible con
especial prodigalidad.
- Marcelo ingresó conducido
por guardas selectos en cuanto a su mayor crueldad, los que le
propinaban golpes y le ridiculizaban con anticipación
a los horrores de la pena final. Al dirigir su mirada resuelta
y serena alrededor del vasto círculo de rostros de hombres
y mujeres, a cual más duro, cruel y despiadado, contempló
satisfecho esa arena en donde millares de cristianos le habían
antecedido en la partida instantánea a reunirse a las
gloriosas huestes de mártires que por siempre adoran alrededor
del trono. Su mente volvía a aquellos niños cuyo
sacrificio él había presenciado aun desde las tinieblas,
reviviendo en él ahora el himno triunfal con que ellos
desfilaron:
- Al que nos amó,
Y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre.
- Llegó el momento en que
los guardas trabaron de él con derroche de rudeza, la
cual por no resistirles no merecía, y le condujeron a
la pira, a la cual le amarraron con fuertes cadenas, que hicieron
imposible el escape en que él no pensó.
- Más bien se le oyó
musitar, "Estoy listo para ser ofrecido... y el tiempo de
mi partida ha llegado... Por lo demás me está guardada
la corona de justicia que el Señor, juez justo, me dará
hoy."
- Aplicaron la antorcha que originaba
enormes llamas, y densas nubes de humo ocultaban al mártir
momentáneamente.
- Al aclarar, se le vio erguido
en medio del fuego elevados el rostro y las manos al cielo.
- Las llamas se intensificaban
y crecían alrededor de él. Más y más
se acercaban, y fogatas devoradoras le envolvían en círculos
de fuego. De pronto le cubría un velo de humo, que luego
desaparecía ante el azote potente de as lenguas de fuego.
- Empero el mártir permanecía
erguido, sufriendo con clama y serenidad la pavorosa agonía
como asido de su Salvador.
- Allí El descendió
ante la fe de su mártir, aunque nadie más le vio;
siendo que su abrazo eterno no se habrá acortado de en
rededor de su seguidor fiel hasta esta muerte, inspirado y sostenido
por su Espíritu.
- Las llamas ya no sólo
crecían y se acercaban al mártir sino que él
se tornó en llama. La vida fue violentamente atacada hasta
ser arrebatada, y las alas del espíritu se dispusieron
a trasladarla fuera del dolor y de la muerte al paraíso.
- La víctima al fin se
sobresaltó convulsivo, como si lo traspasara irresistiblemente
un dolor más agudo, al que por último conquistó.
Levantó los brazos en alto, y los agitó débilmente.
Luego en postrer esfuerzo lanzó un agónico clamor
en voz clara al oído de todos: "¡Victoria!"
- Había sido el aliento
postrero de esta vida, y cayó hacia delante inflamado
en llamas; y el espíritu de Marcelo "había
partido a estar con Cristo, lo cual es mucho mejor."
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