EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS (Parte XV)
Lúculo
La memoria del justo será bendita
 
Un espectador hubo en aquella escena de tortura y de muerte cuyo rostro, que experimentaba la más profunda agonía, siempre estuvo fijo en Marcelo, cuyos ojos fueron ojos que vieron cada uno de los actos y expresiones de la víctima, y cuyos oídos recogieron cada palabra. Largo tiempo después que todos habían partido, él permaneció inmóvil, siendo el único ser humano en el enorme círculo de asientos vacíos. Al final se levantó para irse.

Lejos se hallaba él de la elasticidad característica de sus pasos. Se desplazaba con aire cabizbajo y debilísimo; su mirada de abstracción y el dolor del que todo él se hallaba embargado, lo hacía parecer a uno que había sido repentinamente víctima de una dolencia mortal. Hizo señales a algunos de los guardas, quienes le abrieron los portales que conducían a la arena.

- Traedme acá una urna cineraria - dijo al personal que se hallaba en las inmediaciones, al mismo tiempo que se encaminaba hacia las ascuas que ya se extinguían.
Unos cuantos fragmentos de husos carbonizados y hechos polvo por la violencia de las llamas era todo lo que quedaba del cuerpo de Marcelo.

Tomando silenciosamente la urna que le alcanzó uno de los guardas admirado, Lúculo empezó a reunir todos los fragmentos humanos y el polvo que pudo encontrar.
En el momento que se ausentaba, se le apersonó un anciano, ante quien se detuvo mecánicamente.
- ¿Qué quieres pedirme? - le dijo cortésmente.
- Me llamo Honorio. Soy uno de los ancianos de los cristianos. Un amigo nuestro muy querido fue sacrificado en este lugar esta noche, y he venido confiando que se me permitirá recoger sus cenizas.
Lúculo le contestó con afabilidad - Es un acierto que te hayas dirigido a mí, venerable maestro. Si tú hubieras descubierto tu nombre a otro, habrías sido capturado en el acto, porque se está ofreciendo un rescate por ti. Ero no te puedo conceder el pedido que me haces. Marcelo murió, y sus escasas cenizas las tengo en esta urna. Serán depositadas en una tumba en el mausoleo de mi familia con todas las ceremonias de honor, porque fue él mi más querido amigo, y su pérdida hace de esta tierra un desierto para mí, y del resto de mi vida la carga más penosa.
Honorio balbució con profundo entusiasmo, - Comprendo que tu no puedes ser otro sino Lúculo, de quien siempre le oí hablar palabras de afecto.
Yo soy. Jamás hubo dos amigos más leales que nosotros. Si hubiera sido posible, yo le habría evitado el sacrificio. Jamás abría sido detenido él, si él mismo no se hubiese arrojado en las manos de la ley, como lo hizo. ¡Oh destino inescrutable! Precisamente cuando yo había tomado todas las disposiciones para que jamás pudiera él ser capturado, pero él en persona se enfrentó al mismo emperador, y así fue como yo con mis propias manos fui obligado a conducir al ser que más amaba a la prisión y a la muerte.

- Lo que es para ti pérdida, es para él la ganancia más inconmensurable. Pues ha ingresado al reino de felicidad inmortal.
Lúculo exclamó profundamente - Su muerte fue todo un triunfo. Yo he observado antes la muerte de muchos cristianos, pero no he sido tan impresionado por su esperanza y su confianza. Marcelo enfrentó la muerte como si ésta fuera la bendición más feliz.
- Así fue en cuanto a él, como también lo fue en cuanto a muchísimos otros, cuyos despojos yacen en el infausto confinamiento en donde estamos obligados a morar. A ellos quiero agregar las cenizas de Marcelo. ¿No convendría que asó compartieran tumbas?
- Venerable Honorio, yo había abrigado la esperanza, desde que mi querido amigo me dejó, que por lo menos tendría el placer de llorarle y de prodigar a sus despojos los últimos honores piadosos, y de derramar mi llanto en su tumba.
- Pero, oh noble Lúculo, ¿no habría preferido tu amigo que se le diera sepultura con las ceremonias sencillas de su nueva fe, y un lugar de reposo juntamente con los otros mártires con cuyos nombres se encuentra él relacionado para siempre?.
Lúculo quedó poseído de un profundo silencio, y después de haber pensado por algún tiempo, al final hablo:
- No cabe la menor duda en cuanto a los deseos de él. Yo me rindo ante ellos, y me privo del honor de ofrecerle los ritos funerarios. Llévalos, venerable Honorio. Empero, permíteme que asista a vuestro servicio de sepelio. ¿No quisieras consentir que un soldado, a quien conocéis solamente como vuestro actos?
- Ante ti nuestras puertas y corazones se abren en la más cordial bienvenida, oh noble Lúculo, como lo fue con Marcelo antes de ti, si por ventura tú recibieras entre nosotros la misma bienaventuranza que le fue concedida a él.
- No alimentéis una tal esperanza - dijo Lúculo -. Yo soy muy diferente de Marcelo en gustos y en sentimientos. Yo podría aprender a sentir benevolencia hacia vosotros, y aun a admirarlos, pero nunca a unirme con vosotros.
- Ven con nosotros, como sea, y presencia los servicios del sepelio de tu amigo. Un mensajero vendrá por ti mañana.
Lúculo le hizo señal de asentimiento, y después de entregarle la preciosa urna a Honorio, se encaminó tristemente a su casa.
El siguiente día, en compañía del mensajero, se encaminó a las catacumbas. Allí se vio con la comunidad de los cristianos y contempló este lugar en que moraban, lo cual ya le había sido referido precisamente por su amigo, habiendo así tenido una idea previa de su vida, sus sufrimientos y sus afectos.

De nuevo las voces dolientes y lamentaciones llenaron las tenebrosas bóvedas e hicieron eco por todos los interminables pasillos, por otro hermano cuyo polvo se entregaba al polvo de la tumba. Pero el mismo pesar que hablaba del dolor mortal fue reemplazado por una sublime e inspirada certeza que expresaba la fe del alma que aspira, y una esperanza plena de un deseo vivo de su amado Señor Honorio tomo en sus manos el rollo precioso, la
Palabra de vida, cuyas promesas eran tan poderosas que sostenían en medio de las más pesadas cargas y aflicciones y en torno solemne leyó aquella parte de Primera Corintios, que en todas las épocas y en todos los climas ha sido tan preciosa al corazón que se remonta más allá de los reinos del tiempo en busca de consuelo en la perspectiva de la resurrección.

Seguidamente levantó la cabeza y en tonos fervientes ofreció una oración al Dios solo santo en los cielos, en el nombre de Jesucristo, el divino Mediador, por quien la muerte y la tumba fueran vencidas y aseguradas la ida eterna.
El rostro pálido y triste de Lúculo era particularmente visible entre los dolientes. Aunque él no fuera cristiano, con todo admiraba tales doctrinas gloriosas, y escuchaba con reverencia tales exaltadas esperanzas. A él le fue concedido colocar las amadas cenizas dentro del lugar de reposo final; fueron sus ojos los últimos que se posaron en aquellos despojos queridos; sus manos colocaron en su lugar la loceta en que se había de grabar el nombre y epitafio de Marcelo.

Lúculo volvió a su casa, pero era un hombre nuevo. Su ufanía personal parecía haber sido subyugada bajo las severas aflicciones que había sufrido.

Había tenido razón al decir que no se haría cristiano. Y aunque la muerte de su amigo le había embargado el corazón de tristeza, no había dolor por el pecado, ni arrepentimiento, ni anhelo de conocer al verdadero Dios viviente. Había perdido toda aquella habilidad de gozarse en el mundo, pero no había logrado ninguna otra fuente de felicidad.
Empero la memoria de su amigo tuvo la virtud de producirle un efecto. Sintió una simpatía profunda por el pobre pueblo oprimido con quien Marcelo había fraternizado. Admiraba sin comprender su constancia y los compadecía por sus inmerecidos sufrimientos. Tenía conciencia de que toda la virtud y bondad que pudiera quedar aún en todo el imperio romano, la poseían estos pobres reprobados.

Fueron esos sentimientos los que le llevaron a prestarles su ayuda. Les ofreció la amistad y las promesas de auxilio que una vez había prodigado a Marcelo.

Sus soldados no capturaron a ningún otro cristiano, o si lo hacían, siempre se oiría posteriormente que había escapado de algún modo inevitable. Su alta posición, su vasta riqueza, su ilimitada influencia, todo estaba al servicio de los cristianos. Su palacio llegó a hacerse muy bien conocido a ellos, como su más seguro refugio y lugar de ayuda, y su nombre gozaba del honor de ser el más poderoso de sus amigos humanos.

Pero todas las cosas llegan a su fin; y así también los sufrimientos de los cristianos y la amistad de Lúculo llegaron a su término. Como un año después de la muerte de Marcelo, el severo emperador Decio fue destronado, y otro asumió el poder imperial. La persecución cesó. La paz volvió a las asambleas de los cristianos, y éstos salieron de las catacumbas a vivir gozosos a la saludable luz del día. De nuevo podían oír los humanos las alabanzas al Dios y Redentor de ellos, y de nuevo reiniciaron su interminable lucha con las huestes del mal.

Pasaron los años, y Lúculo no experimentó cambio alguno. Cuando Honorio salió de las catacumbas, fue llevado por Lúculo a su palacio, y moraba bajo su amparo prole resto de sus días en la tierra. El se esforzó por pagar su deuda de gratitud a su noble benefactor, haciéndole saber toda la verdad. Pero murió sin haber podido disfrutar del gozo por el que tanto había orado.

Al final la bendición llegó, pero después de haber trascurrido muchos años. Cuando ya Lúculo se acercaba a los límites de la vejez, llegó a escuchar la voz del Salvador. Pero largos años habían pasado desde que el mundo había perdido sus encantos para él. Las riquezas, el honor, el poder, no le satisfacían en absoluto. Su vida se deslizaba bajo una sombra de tristeza que nadie podía curar. Pero el Espíritu del Dios vivo llegó a posesionarse de él, y merced a su divina mediación pudo por fin regocijarse en el amor del Salvador, de cuya obra sobre el corazón humano había presenciado tantas y tan contundentes pruebas.

Largos siglos han transcurrido sobre la ciudad de los Césares, desde que la persecución de Decio arrojó a los humildes seguidores de Jesús a las lóbregas y gélidas catacumbas. Tomemos la Vía Apia y veamos que nos enseña.

Delante de nosotros se despliega la larga fila de tumbas hasta la milenaria ciudad. Aquí los poderosos de esa Roma hallaron el lugar de su reposo, y aun hasta allí llevaron las pomposas muestras de cuanto pueden la riquezas, la gloria del mundo y el poder. Debajo de nosotros se hallan ocultas las rudas tumbas de aquellos que en vida fueron reprobados como indignos de respirar el aire libre bajo el sol.

¡Observad el cambio! En derredor nuestro están aquellas tumbas señoriales todas en ruinas, su santidad profanada, sus puertas derribadas y su polvo llevado del viento. Los nombres de aquellos que allí fueron sepultados nadie los recuerda; el imperio que fundaron ha caído; las legiones que les llevaron en mil conquistas han dormido el sueño del que no despertará hasta la segunda resurrección.

Pero la memoria de los perseguidos que yacen debajo, la asamblea del Dios de la tierra contempla con reverencia. Sus sepulcros se han tornado en santuarios de peregrinaje; y esa obra en la cual desempeñaron ellos un papel tan noble ha sido transmitida a nosotros para que la continuemos hasta que Jesús venga.

Humildes, despreciados, proscritos, afligidos, la fama se negó a asentar sus nombres en los rollos de la historia; con todo, esto al menos lo sabemos bien, que sus nombres están escritos en el Libro de la Vida, y su eterna comunión será con aquellos de quienes está escrito:

Estos son los que han venido de grande tribulación
Y han lavado sus ropas,
Y las han blanqueado en la sangre del Cordero
Por esto están delante del trono de Dios
Y le sirven día y noche en su templo;
Tenderá su pabellón sobre ellos.
No tendrán más hambre, ni sed,
Y el sol no caerá más sobre ellos,
Ni otro ningún calor.
Porque el Cordero que está en medio del trono
Los pastoreara.
Y los guiará a fuentes vivas de aguas;
Y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos.

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