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- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte IV)
- Las catacumbas
- Nada de luz, sino
solo tinieblas
Que descubrían cuadros de angustia,
Regiones de dolor, funestas sombras
-
- Siguieron en la densa oscuridad,
hasta que al fin el pasaje se torno mas ancho y llegaron a unas
gradas que conducían hacia abajo. Marcelo, cogido del
vestido del niño, lo seguía.
Era ciertamente una situación que provocaba alarma. Pues
estaba entregando en manos de aquellos hombres, a quienes precisamente
la clase a que el pertenecía los había privado
del aire libre, hundiéndolos en aquellas tétricas
moradas. Para ellos el no podía ser reconocido de otro
modo sino como perseguidor. pero la impresión que en el
había dejado la gentileza y humildad de ellos era tal
que el no tenia el menos temor de sufrir daño alguno.
Estaba sencillamente en manos de este niño que bien podía
conducirlo a la muerte en las densas tinieblas de este impenetrable
laberinto, pero ni siquiera pensaba en ello. Era el deseo ferviente
de conocer mas de estos cristianos, lograr su secreto, lo que
le guiaba a seguir adelante; y conforme había jurado,
así había resuelto que esta visita no seria utilizada
para traicionarlos o herirlos.
Después de descender por algún tiempo, se hallaban
caminando por terreno a nivel. De pronto voltearon y entraron
a una pequeña cámara abovedada, que se hallaba
alumbrada por la débil fosforescencia de un hogar. El
niño había caminado con paso firme sin la menor
vacilación, como quien esta perfectamente familiarizado
con la ruta. Al llegar a aquella cámara, encendió
la antorcha que estaba en el suelo, y reemprendió su marcha.
- Hay siempre un algo inexplicable
en el aire de un campo santo que no es posible comparar con el
de ningún otro lugar. Prescindiendo del hecho de la reclusión,
la humedad, el mortal olor a tierra, hay una cierta influencia
sutil que envuelve tales ámbitos con tanta intensidad
que los hace tanto mas aterradores. Allí campea el halito
de los muertos, que posa tanto en el alma como en el cuerpo.
He allí la atmósfera de las catacumbas. El frió
y la humedad atacaban al visitante, cual aire estremecedores
del reino de la muerte. Los vivos experimentaban el poder misterioso
de la muerte.
- Polio caminaba adelante, seguido
por Marcelo. La antorcha iluminaba apenas las densas tinieblas.
Los destellos de luz del día, ni aun el mas débil
rayo, jamás podrían penetrar aquí para aliviar
la deprimente densidad de estas tinieblas. La oscuridad era tal
que se podía sentir. La luz de la antorcha dio su lumbre
solo unos pocos pasos, pero no tardo en extinguirse en tantas
tinieblas.
- La senda seguía tortuosamente
haciendo giros incontables. Repentinamente Polio se detuvo y
señaló hacia abajo. Mirando por entre la lobreguez,
Marcelo vio una abertura en la senda que conducía aun
mas abajo de donde ya estaban. Era un foso sin fondo visible.
-¿A donde conduce?
- Abajo
-¿Hay mas pasillos abajo?
- Oh si. Hay tantos como acá; y aun debajo de la siguiente
sección hay otros. Yo solo he estado en tres pisos diferentes
de estas sendas, pero algunos viejos cavadores dicen que hay
algunos lugares en que se puede bajar a una enorme profundidad.
- El pasillo serpenteaba de tal
modo que toda idea de ubicación se perdía por completo.
Marcelo ya no podía precisar si se hallaba a unos cuantos
pasos de la entrada o a muchos estadios. Sus perplejos pensamientos
no tardaron en tornarse hacia otras cosas. Al pasarle la primera
impresión de las densas tinieblas, se dedico a mirar mas
cuidadosamente a lo que se le presentaba a la vista, cada vez
mas maravillado del extraño recinto. A lo largo de la
murallas había planchas semejantes a lapidas que parecían
cubrir las largas y estrechas excavaciones. Estos nichos celulares
se alineaban a ambos lados tan estrechamente que apenas quedaba
espacio entre uno y otro. Las
inscripciones que se ven en las planchas evidenciaban que eran
tumbas de cristianos. No tuvo tiempo de detenerse a leer, pero
había notado la repetición de la misma expresión,
tal como:
HONORIA - ELLA DUERME EN PAZ
FAUSTA - EN PAZ
- En casi todas las planchas el
vio la misma dulce y benigna palabra "paz", pensaba
Marcelo. Que gente mas maravillosa son estos cristianos que aun
en medio de escenarios como este abrigan su sublime desdén
a la muerte. Sus ojos se habituaban cada vez mejor a las tinieblas
conforme avanzaba. Ahora el pasillo empezaba a estrecharse; el
techo se inclinaba y los lados se acercaban; ellos tenían
que agacharse y caminar mas despacio. Las murallas eran toscas
y rudamente cortadas, conforme las dejaban los trabajadores cuando
extraían de aquí su ultima carga de arena para
los edificios del exterior. La humedad subterránea y las
acrecencias de honguillos se hallaban regadas por todas partes,
agravando todo su color tétrico, saturando el aire de
pesada humedad, mientras que el humo de las antorchas hacia la
atmósfera tanto mas depresiva.
- Pasaron centenares de pasillos
y decenas de lugares en que se encontraban numerosas sendas,
que se separaban en diferentes direcciones. Estas innumerables
sendas demostraban a Marcelo hasta que punto se hallaba fuera
de toda esperanza, cortado del mundo del exterior. Este niño
lo tenia en sus manos.
- ¿Suelen perderse algunas personas acá?
- Con gran frecuencia.
- ¿Que pasa con ellos?
- Algunas veces vagan hasta que encuentran a algún amigo;
mientras otras veces nunca mas de oye nada de ellos.
-
- Pero en la actualidad la mayoría
de nosotros conocemos el lugar tan bien, que si nos perdemos,
no tardamos en llegar de nuevo, a tientas, a alguna senda conocida.
Una cosa en particular impresiono mayormente al joven oficial,
y era la inmensa preponderancia de las tumbas pequeñas.
Polio le explico que esas pertenecían a niños.
Ellos le despertó sentimientos y emociones que no había
experimentado antes.
- ¡Niños!, pensaba
el. ¿que hacen ellos? ¿los jóvenes, los
puros, los inocentes? ¿por que no fueron sepultados arriba,
en donde los rayos bienhechores del sol los abrigarían
y las flores adornarían las tumbas? ¿Acaso ellos
hollaron senderos tan tenebrosos como estos en sus cortos días
de vida? ¿Acaso ellos hubieron de compartir su suerte
con aquellos que recurrieron a estos tétricos escondites
en su huida de la persecución.¿Acaso el aire deletéreo
de esta interminable tristeza de estas pavorosas moradas aminoro
sus preciosas vidas infantiles, y quito de la vida sus inmaculados
espíritus de su tiempo de madurez? Marcelo, como en un
suspiro, pregunto,
-largo tiempo hace que nos encontramos en esta marcha, ¿estamos
ya para llegar?
El niño le contesto, -Muy pronto llegaremos.
- Sean cuales hayan sido las ideas
que Marcelo abrigaba antes de llega acá en cuanto a la
caza de estos fugitivos, ahora se había convencido que
todo intento de hacerlo era absolutamente en vano. Todo un ejercito
de soldados podía penetrar aquí y jamás
llegar ni siquiera a ver un solo cristiano. Y cuanto mas se alejara,
tanto mas desesperanzada seria la jornada. Ellos podrían
diseminarse por estos innumerables pasillos y vagar por allí
hasta encontrar la muerte.
Pero ahora un sonido apenas perceptible, como de gran distancia,
atrajo su atención. Dulce y de una dulzura indescriptible,
bajísimo y musical, venia procedente de los largos pasillos,
llegando a encantarle como si fuera una voz de las regiones celestiales.
Continuaron su lenta marcha, hasta que una luz brillo delante
de ellos, hiriendo las densas tinieblas con sus rayos. Los sonidos
aumentaban, elevándose de pronto en un coro de magnificencia
imponderable, para luego disminuir y menguar hasta tornarse en
tiernos lamentos de penitentes suplicas.
Dentro de unos cuantos minutos llegaron a un punto en que tuvieron
que voltear en su marcha, desembocando ante un escenario que
bruscamente apareció delante de sus ojos.
- - Alto- exclamo Polio, al mismo
tiempo que detenía a su compañero y apagaba la
luz de la antorcha que les había guiado hasta aquí.
Marcelo obedeció, y miro con profunda avidez el espectáculo
que se le ofrecía a la vista. Estaban en una cámara
abovedada como de unos cinco metros de alto y diez en cuadro.
Y en tan reducido espacio se albergaban como cien personas, hombres,
mujeres y niños. A un lado había una mesa, tras
la cual estaba de pie un anciano venerable, el cual parecía
ser el dirigente de ellos. El lugar se hallaba iluminado con
el reflejo de algunas antorchas que arrojaban su mortecina luz
rojiza sobre la asamblea toda. A los presentes se les veía
cargados de inquietud y demacrados, observándose en sus
rostros la misma característica palidez que había
visto en el cavador. Pero la expresión que ahora se ven
en ellos no era en lo absoluto de tristeza, ni de miseria ni
de desesperación. Mas bien una atractiva esperanza iluminaba
sus ojos, y en sus rostros se dibujaba un gozo victorioso y triunfal.
El alma de este observador fue conmovida hasta lo mas intimo,
porque no era sino la confirmación anhelada inconscientemente
de todo cuanto había admirado en los cristianos: su heroísmo,
su esperanza, su paz, que se fundaban necesariamente en algo,
escondido, oculto, lejano para el. Y mientras permanecía
estático y silencioso, escucho el canto entonado con el
alma por esta congregación:
Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor Dios todopoderoso.
Justos y verdaderos son tus caminos,
Tu, oh Rey de los santos.
¿Quien no te temerá, oh Dios, y ha de glorificar
Tu sagrado Nombre?
porque Tu solo eres santo.
Porque todas as naciones han de venir y adorar delante de Ti,
Porque tus juicios se han manifestado.
-
- A esto siguió una pausa.
El dirigente leyó algo de un rollo que hasta el momento
era desconocido para Marcelo. Era la aseveración mas sublime
de la inmortalidad del alma, y de la vida después de la
muerte. La congregación toda parecía pendiente
del majestuoso poder de estas palabras, que parecían transmitir
halitos de vida. Finalmente el lector llego a prorrumpir en una
exclamación de gozo, que arranco clamores de gratitud
y la mas entusiasmada esperanza de parte de toda la congregación.
Las palabras penetraron al corazón del observador recién
llegado, aunque el todavía no comprendía la plenitud
de su significado: ¿Donde esta, oh muerte, tu aguijón?
¿donde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón
de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley.
Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor
nuestro Jesucristo.
- Estas palabras parecieron descubrir
un nuevo mundo ante su mente, con novísimos pensamientos.
El pecado, la muerte, Cristo, con toda aquella infinita secuela
de ideas relacionadas, aparecían débilmente perceptibles
para su alma, que, mas que despertar, parecía resucitar.
Ahora mayormente ardía en el una anhelo vivo por llegar
a conocer el secreto de los cristianos, anhelo que hasta saciar
no pararía.
- El que dirigía levanto
la cabeza reverente, extendió los brazos y hablo fervientemente
con Dios. Se dirigió al Dios invisible como viéndolo,
expresaba su confesión e indignidad, y expresaba las gracias
por el limpiamiento de los pecados, merced a la sangre expiatoria
de Jesucristo. Pedía que el Espíritu Santo desde
lo alto descendiera a obrar dentro de ellos para que los santificara.
Luego enumero sus agonías, y pidió que fueran librados,
pidiendo la gracia de la fe en la vida, la victoria en la muerte,
y la abundante entrada en los cielos en el nombre del Redentor,
Jesús. después de esto siguió otro canto
que fue cantado como en anterior:
He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres,
Y El morara con ellos,
Y ellos serán su pueblo,
Y el mismo Dios será con ellos
Y será su Dios.
Y Dios enjugara toda lagrima de sus ojos,
Y no habrá mas muerte, ni tristeza,
Ni gemidos,
Ni tampoco habrá mas dolor,
Porque las cosas viejas pasaron, Amen.
- Bendición, gloria y sabiduría,
Y hacimiento de gracias, y honor, y potencia,
y magnificencia,
Sea a nuestro Dios
Por los siglos de los siglos, Amen.
-
- Y después de esto la
congregación empezó a dispersarse. Polio avanzo
hacia adelante conduciendo a Marcelo. pero ante la presencia
de su figura marcial y su relumbrante armadura todos retrocedieron
e intentaron huir por los diferentes senderos. Pero Marcelo clamo
en alta voz:- No temáis, cristianos; yo me rindo ante
vosotros, estoy en vuestro poder. Ante ello, todos ellos volvieron,
y luego lo miraron con ansiosa
curiosidad, El anciano que había dirigido la reunión
avanzo hacia el y le dirigió una mirada firme y escudriñadora.
- ¿Quien eres tu, y por que nos persigues aun hasta este
ultimo escondite de reposo que se nos deja en la tierra?
Tened a bien no sospechar el mínimo mal de parte mía.
Yo vengo solo, sin escolta ni ayuda. Estoy a merced de vosotros.
- Pero por ventura, ¿que puede desear de nosotros un soldado,
y tanto peor, un pretoriano? ¿Esta acaso perseguido? ¿Eres
acaso un criminal?¿Esta tu
vida en peligro?
- De ninguna manera. Yo soy oficial de alta graduación
y autoridad, y es el caso que toda mi vida he andado ansiosamente
buscando la verdad. Y he oído mucho respecto a vosotros
los cristianos; empero en esta época de persecución
es difícil hallar uno solo de vosotros en Roma. Y es por
eso que he venido hasta aquí en vuestra búsqueda.
Ante esto, el anciano pidió a la asamblea que se retirase,
a fin de que el pudiera conversar con el recién llegado.
Los otros en el acto lo hicieron así, y se alejaron por
diferentes encaminamientos, sintiéndose mas tranquilos.
Una mujer pálida se adelanto hacia Polio y lo tomo en
sus brazos.
- Cuanto te tardaste hijo mío.- Madre querida, me encontré
con este oficial y me tuve que detener.
- Gracias sean a nuestro Dios Señor que estas bien. Pero
¿quien es el ? A lo que el muchacho contesto diciendo
confiadamente, -Yo creo que el es un hombre honrado, ya ves como
confía en nosotros.
El dirigente intervino diciendo, - Cecilia, no te vayas, espérate
un momentito. - La mujer se quedo, habiendo hecho lo mismo unas
pocas personas mas.
Yo me pongo a tus ordenes, soy Honorio -dijo el anciano, dirigiéndose
a
Marcelo-. Soy un humilde anciano en la iglesia de Jesucristo.
Yo creo que tu eres sincero y de buena fe. Dime pues ahora, que
es lo que quieres de nosotros.
- Por mi parte, me pongo a sus ordenes. Me llamo Marcelo, y soy
capitán de la guardia pretoriana.
-Ay de mi- exclamo Honorio, juntando las manos al mismo tiempo
que caía sentado sobre su asiento. Los otros miraron a
Marcelo apesadumbrados, y la mujer Cecilia, clamo agonizante
de dolor.
- Oh Polio querido, como nos has traicionado.!!
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