|
- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte VII)
- La Confesión
de Fe
Y también todos los que quieren vivir piamente en
Cristo Jesús, padecerán persecución
-
- Cuatro días habían
transcurrido desde que el joven oficial salió de su gabinete.
Días Estos grávidos de acontecimientos para el,
días de infinita importancia. De ellos había de
depender su felicidad suprema o sus angustias. Empero la búsqueda
de la verdad de esta alma anhelante no había sido vana,
"habiendo sido renacida del Espíritu santo".
-
- Había llegado a tomar
su resolución. Por un lado se le ofrecía la fama,
el honor y la riqueza; por el otro la pobreza, la necesidad,
y la angustia. Con todo en plena conciencia, el había
hecho su elección; se había vuelto hacia la ultima
sin un solo instante de vacilación. El había elegido
"el sufrir aflicción con el pueblo de Dios, antes
que gozar de los placeres del pecado por un tiempo".
-
- A su regreso visito al general
y se acuso ante el.
- Le informo que había
estado entre los cristianos, que no podía cumplir la comisión
que se le había encomendado, y que se sometía voluntariamente
a sufrir las consecuencias. El general, con la severidad a que
se había expuesto, le ordeno que pasara a su cuartel.
- Allí en medio de la mas
profunda meditación, y haciéndose conjeturas de
lo que resultaría de todo esto, fue interrumpido por el
ingreso de Luculo. Su amigo lo saludo de lo mas afectuosamente,
pero en su rostro se evidenciaba una profunda ansiedad.
-
- - Acabo de verme con el general
- dijo el-, quien me hizo llamar para darme un mensaje para ti.
Pero primeramente dime ¿qué es esto que has hecho?
-
- - Marcelo le relato todo detalladamente,
desde el momento de su partida hasta su regreso, sin ocultarle
absolutamente nada. Su cristalina buena fe evidenciaba lo poderosa,
sincera y verdadera que había sido la obra eterna del
Espíritu Santo en el. Luego le relato le entrevista que
había tenido con el general.
-
- - Yo entre en su habitación
con claro sentir de la importancia del paso que tomaba. Iba yo
a cometer un acto reputado como virtual traición y crimen,
cuya sensación no es menos que la muere. Empero, yo no
podía hacer otra cosa.
-
- - El me recibió con toda
afabilidad, animado de la idea de que yo habría logrado
un éxito de importancia en la búsqueda que se me
encomendó. Yo le dije que desde que salí había
estado entre los cristianos, y que por lo que había visto
en ellos, me había visto obligado a cambiar mis sentimientos
hacia ellos. Anteriormente yo había pensado que ellos
eran enemigos del estado y dignos de muerte; pero había
descubierto que se trataba de personas que son leales súbditos
del emperador y mas bien virtuosos. Contra tales personas yo
no podía extender mi espada jamás, y antes que
hacerlo, la entregaba.
-
- - A lo cual me dijo, "Los
sentimientos de un soldado no tienen nada que ver con sus deberes"
- - "pero mis deberes para
con el Dios que me creo son mas fuertes que cualquier deber que
yo tenga con el hombre"
- - A esto replico, "¿Acaso
tu simpatía con los cristianos ha llegado hasta volverte
loco? ¿No te das cuenta que lo que haces es traición?
- - Yo me incline, y le dije que
estaba resuelto a afrontar las consecuencia.
- - "Muchacho precipitado",
exclamo severamente "retírate a tu cuartel y yo te
comunicare mi decisión".
- Y fue así que me traslade inmediatamente aquí,
y he permanecido desde ese momento, esperando ansiosamente mi
sentencia.
-
- Luculo había escuchado
toda la narración que le había hecho Marcelo sin
una sola palabra, ni siquiera un gesto. Una expresión
de triste sorpresa en su rostro evidenciaba lo que eran sus sentimientos.
Y conforme Marcelo concluyo, el hablo en tono de quien deplora
y lamenta.
-
- - Verdaderamente tanto tu como
yo sabemos lo que debe ser aquella sentencia. Pues la disciplina
romana, aun en tiempos normales, no se puede tomar con liviandad,
y tanto peor ahora que los sentimientos del gobierno se hallan
exaltados hasta el grado sumo contra aquellos cristianos. Pues
si tu insistes en tu proceder, estas arruinado.
-
- - Te he expuesto todas mis razones
-
- - Si Marcelo, yo conozco tu
carácter puro y sincero. Tu siempre fuiste de una mente
piadosa. Tu has amado las nobles enseñanzas de la filosofía.
¿Y no te sientes satisfecho con todo ello como antes?
¿Por qué habías de ser seducido por la miserable
doctrina de un judío crucificado?
-
- - Jamás estuve satisfecho
con la filosofía de que tu me hablas. Tu mismo sabes a
conciencia que en ella no hay nada cierto en que el alma pueda
reposar. Pero el Cristianismo es la verdad de Dios, traída
por El mismo, y santificada por su propia muerte
- - Ya me has explicado en toda
su integridad todo el credo cristiano. Pues tu propio entusiasmo
ha hecho que me sea atractivo, lo cual debo confesar; y si todos
sus seguidores fueran realmente como lo eres tú, mi muy
apreciado Marcelo, podía adaptarse para llegar a ser la
bendición final del mundo. Pero yo no he venido ante ti
para argumentar sobre la religión. Vengo a hablarte sobre
ti mismo. Tú estás en inminente peligro, mi querido
amigo; tu posición, tu honor, tu cargo, u misma vida se
hallan en peligro. Considera pues detenidamente lo que has hecho.
Te fue confiada una importantísima comisión, en
cuyo cumplimiento saliste. Pero por el contrario, tú vuelves
y te presentas ante el general informando que te has puesto del
lado del enemigo, que de corazón te has vuelto uno de
ellos, y que te niegas a emplear las armas romanas contra ellos.
Pues ¿no comprendes que si el soldado ha de escoger con
quién ha de pelear, qué va a ser de la disciplina?
Pues tiene que cumplir las órdenes y nada más.
¿No tengo razón?
-
- - Pues tú tienes razón,
Lúculo
- - La cuestión que tú
tienes que decidir no consiste en si escoges la filosofía
o el cristianismo, sino en si tú eres cristiano o soldado
romano. Porque conforme se encuentran las cosas en estos tiempos,
te es absolutamente imposible ser soldado romano y al mismo tiempo
cristiano. Pues tienes que renunciar a una de las dos. Pero no
solamente eso, sino que si tú insistes en tu decisión
de ser cristiano, tienes que compartir su suerte, porque no se
puede hacer la menos distinción a favor tuyo. Por el contrario,
si quieres continuar como soldado, tienes que pelear contra los
cristianos
-
- - No cabe la menor duda en cuanto
a esa cuestión
- - Tu sabes que tienes amigos
cordiales que están gustosos de olvidar tu grande y precipitado
delito, Marcelo. Pues te conozco que eres de ese carácter
que fácilmente te entusiasmas, y le he suplicado al general
por ti. El también te tiene en gran estima por tus cualidades
de soldado valiente. Está animado de toda voluntad de
perdonarte bajo ciertas circunstancias.
-
- - ¿Cuáles son
ellas?
-
- - La más misericordiosa
de todas las condiciones. Que eches en el olvido todos los cuatro
días pasados. Que se desvanezcan por completo de tu memoria.
Hazte cargo de tu comisión nuevamente. Toma tus soldados
a tus órdenes y en al acto emprende el cumplimiento de
tu deber, procediendo a la detención de esos cristianos
-
- - Lúculo - exclamó
Marcelo, levantándose de sus asiento, con los brazos cruzados
-: Te estimo muchísimo, como amigo que eres, y te estoy
agradecido por tu fiel afecto. Jamás podré olvidarlo.
Pero ahora tengo yo dentro de mí algo que te es por completo
desconocido, y lo cual es mucho más precioso y fuerte
que todos los honores del estado. Es, pues, nada menos que el
amor de Dios. Por este amor estoy listo a dejar todo: honor,
rango y la misma vida. Mi decisión es irrevocable. Yo
soy cristiano.
-
- Lúculo siguió
sentado. Mudo de sorpresa y conmovido en extremo, contemplaba
a su amigo. Para él era demasiado conocido el carácter
de éste en sus resoluciones, y veía con profunda
pena cómo sus palabras persuasivas habían fracasado.
Después de mucho volvió a seguir hablando. Recurrió
a todos los argumentos que podía pensar. Invocó
todos los argumentos que podrían influir en él.
Le habló del terrible destino que le esperaba, y de la
venganza ensañada que se emplearía particularmente
contra él. Pero todas sus palabras fueron completamente
inútiles.
-
- Finalmente se levantó
víctima de la más profunda tristeza.
- - Marcelo - dijo -, tú
estas tentado al destino. Corres apresuradamente hacia la suerte
más terrible. Pues todo lo que la fortuna puede depara
se te está ofreciendo, pero tú vuelves las espaldas
a todo aquello por jugarte la suerte juntamente con aquellos
proscritos miserables. Oye cumplido con mi deber de amigo al
tratar de hacerte volver de tu locura, pero todo lo que yo pueda
hacer es inútil ante tu obstinación.
-
- - Te he traído la sentencia
del general. Tú has sido degradado del rango de oficial.
Y hay la orden de arresto contra ti, acusado de ser cristiano.
Mañana serás apresado y entregado para sufrir el
castigo. Pero todavía tienes la posibilidad de alcanzar
la satisfacción, aunque penosa, de ayudarte a escapar.
Huye, pues, en el acto. Date prisa, porque no hay tiempo que
perder. Hay un solo lugar en el mundo en donde puedes estar a
cubierto de la venganza del César.
-
- Marcelo le escuchó en
silencio absoluto. Lentamente se sacó las armas y las
puso a un lado. Con tristeza se desabrochó la suntuosa
armadura que él había portado con tanto merecimiento
y orgullo. Y así quedó vestido de su sencillo túnica
a disposición de su amigo.
-
- - Lúculo, una vez más
te repito que jamás he de olvidarme de tu fiel amistad.
¡Cuánto quisiera que estuviéramos volando
juntos en una huida perfecta, que tus oraciones pudieran ascender
con las mías hacia el trono de Aquel a quien yo sirvo!
Pero basta. Me retiro ¡Adiós!
- Adiós, Marcelo. Jamás nos volveremos a encontrar
en la vida. Si alguna vez estuvieras en necesidad o en peligro,
tú sabes bien en quién confiar.
-
- Los dos jóvenes se abrazaron,
y Marcelo partió apresuradamente.
- Salió del cuartes, avanzando
directamente hasta llegar al foro. Al llegar a este lugar se
encontró rodeado de templos y monumentos y columnas de
mármol. Allí estaba el Arco de Tito midiendo el
ancho de la Vía Sacra. Allí se levantaba la forma
gigantesca del palacio imperial, de la más rica arquitectura,
con regios adornos de los mármoles riquísimos,
culminado con las brillantes decoraciones doradas. A un lado
se levantaban las murallas enormes del Coliseo. Más allá
se podía contemplar la cúpula estupenda del templo
de la Paz, y al otro extremo, el Monte Capitolino destacaba sus
históricas cumbres, coronado de apiñados templos
estatales, que se erguían como desafiando las alturas
y cortando los aires bajo el azul del cielo.
-
- Hacia allá dirigió
sus pasos y ascendió las escarpadas pendientes hasta dominar
la misma cumbre. Y una vez en la cima, miró alrededor
el amplio y soberbio panorama que se le ofrecía a la vista.
El lugar mismo donde se estacionaba era un amplio cuadrado pavimentado
de mármol y rodeado de templos señoriales. En un
lado se veía el Campus de Martius, rodeado por el Tíber,
cuya avenida amarillenta serpenteaba penetrando en las profundidades
del horizonte hacia el Mediterráneo. Por todos los otros
lados de la ciudad acaparaba toda la extensión dispareja,
presionando hasta sus estrechas murallas y rebasándolas
por medio de calles que se irradiaban hasta gran distancia en
todas las direcciones, invadiendo el campo. Los templos, las
columnas y los monumentos alzaban sus cornisas orgullosas. Estatuas
innumerables llenaban las calles con una población de
formas esculturales, numerosas fuentes salpicaban el aire, los
carruajes se desplazaban bulliciosos por las calles, las legiones
de Roma iban y venían con aires de parada militar, y así
por donde miraba podía contemplar que surgía la
borrascosa ola de vida de la ciudad imperial.
- A la distancia se extendía
el llano, salpicado de incontables villas, casas y palacios,
rica y exuberante vegetación: las moradas de la paz y
de la abundancia.
-
- A un lado se podía ver
levantarse la silueta azul de los Apeninos, dignamente coronados
de nieve; al otro lado, las turbulentas olas del Mediterráneo
azotaban las playas en la indomable lejanía.
-
- Repentinamente Marcelo fue perturbado,
o más bien vuelto en sí por u grito. Volteó
en el acto. Un hombre avanzado en años y cubierto de escasa
vestimenta, de rostro macilento y frenéticas gesticulaciones,
clamaba a gran voz expresiones ininteligibles de terror y denunciación.
Su mirada salvaje y sus actitudes semi-feroces evidenciaban que
por lo menos en parte estaba loco.
Caída es, babilonia la grande,
Y ha venido a ser la morada de los demonios,
Y sostén de los más inmundos espíritus,
Y nido de todas las aves sucias y odiosas;
Porque Dios ha recordado sus iniquidades.
Recompensadle a ella como ella hizo con vosotros,
Y dobladle el doble conforme a sus obras...
Cuánto ella se ha glorificado, y vivido en delicias...
Por lo tanto, sus plagas vendrán sobre ella en un día,
La muerte, la lamentación y el hambre;
Y ella será enteramente quemada a fuego;
Porque fuerte es el Señor Dios que la juzga.
Los reyes de la tierra...
Lamentarán y clamarán sobre ella...
Viendo el humo de que se ha quemado,
Y poniéndose lejos por temor del tormento de ella,
Diciendo, ¡Ay, ay, aquella gran ciudad de Babilonia,
Aquella ciudad poderosa!
Porque en una hora tu juicio ha venido
Los mercaderes de la tierra...
Se paran de lejos por temor del tormento,
Llorando y lamentando,
Diciendo ¡Ay,ay, la gran ciudad,
Que se vestía de lino fino, de púrpura y escarlata,
Adornada con oro y piedras preciosas y perlas!
Porque en una hora toda esa riqueza ha quedado en nada
Y todos los navegantes y las compañías de navíos,
Y los marineros, y todos los que negocian por la mar,
Clamarán cuando vean ellos el humo de su incendio.
Se pusieron lejos y clamaron...
¡Que ciudad hay como la gran ciudad!
Y se arrojaban tierra sobre sus cabezas y clamaban,
Llorando y lamentando y diciendo,
Ay, ay de aquella gran ciudad,
En donde se enriquecen todos los que tenían naves en el
mar
Porque en una hora ha sido hecha desolación.
Regocijas sobre ella, vosotros cielos,
Y vosotros santos apóstoles y profetas,
Porque Dios os ha vengado sobre ella.
-
- Una vasta multitudes reunió
alrededor de él, confusa y sorprendida, pero apenas había
cesado de hablar cuando aparecieron algunos soldados y lo llevaron.
'sin duda es algún pobre cristiano que por causa del sufrimiento
ha perdido el cerebro,"pensó Marcelo. Y conforme
el hombre era llevado, aún seguía clamando sus
terribles denunciaciones, y una gran multitud le siguió,
gritando y burlándose. El ruido no tardó en perderse
en la distancia.
"No hay tiempo que perder. Yo debo irme,"dijo entre
sí Marcelo, y partió"
- Indice - Siguiente Capítulo
|
|
|
|