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- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte VIII)
- La vida en las Catacumbas
- ¡Oh, tinieblas,
tinieblas, tinieblas al ardor del sol del medio dia,
Oscuridad irrevocable, eclipse total,
Sin esperanza alguna de que venga el dia!
-
- Con lagrimas de gozo le dieron
la bienvenida a su regreso a las catacumbas. Con vivo entusiasmo
escucharon las referencias de sus entrevistas con sus superiores;
y al mismo tiempo que compartian su comprension de sus dificultades,
se regocijaban que el hubiera sido hallado digno de sufrir por
Cristo.
En medio de todo este nuevo ambiente, aprendia mas de la verdad
cada dia, e igualmente contemplaba lo que tenian que sufrir los
seguidores del Señor. La vida de las catacumbas abrio
ante el sin la menor reserva todos sus secretos maravillosos
y su variedad.
- La vasta muchedumbre que moraba
en las entrañas de la tierra recibia sus provisiones,
gracias a su permanente comunicación con la ciudad hostil
que estaba arriba. Esta osada y peligrosa tarea se cumplia por
los hombres mas resueltos que se ofrecían voluntariamente
para ello. Empero aun mujeres y niños desempeñaban
estos menesteres, siendo uno de los mas sagaces el pequeño
Polio, cuyos exitos eran dignos de la alabanza de los suyos.
Entre la vasta población de la cuidad de Roma no era difícil
pasar desapercibido, y era asi que las provisiones no escaseaban.
No obstante, habia veces en que esas correrias terminaban abrupta
y fatalmente, y no se volvia a ver mas a los osados aventureros.
- En cuanto el agua, contaban
con abundante provisión en el extremo inferior de los
pasillos. Allí contaban con pozos y fuentes de aprovisionamiento
suficientes para todas sus necesidades.
Era tambien en la noche que se hacian ciertas expediciones, las
mas tristes de todas. Estas consistían en la búsqueda
de los cuerpos de aquellos que habían sido despedazados
por las fieras salvajes o quemados en las piaras.
- Estos despojos bien amados se
lograban rescatar a costa de los mayores peligros, y se transportaban
rodeados de miles de riesgos . en seguida los amigos y parientes
de los muertos celebraban los sencillos servicios fúnebres
como también la fiesta en que se les daba sepultura. Después
de todo esto solían depositar los restos en su estrechísima
tumba, cubriéndola con la correspondiente losa en que
se grababa el nombre del difunto.
-
- Aquellos primitivos cristianos,
vivamente inspirados de la gloriosa doctrina de la resurrección,
miraban hacia el futuro con la más ardiente esperanza
de la llegada del momento cuando la corrupción habría
de ser absorbida por la incorrupción, y lo mortal por
la inmortalidad. Y era así que ellos no querían
permitir que el cuerpo de ellos, al que tan sublime destino esperaba,
fuera reducido a cenizas, llegando hasta pensar que aun las sagradas
llamas funerales eran una deshonra para el cuerpo que era el
templo de Dios y que tanto favor había merecido de las
alturas celestiales. Era en tal virtud que los estimados cuerpos
de los muertos se procuraban traerlos allí, fuera de la
vista de los hombres, en donde ninguna mano irreverente perturbaba
la solemne quietud del último lugar de reposo, en donde
habían de yacer "hasta la final trompeta," que
sería la voz del llamado que la primitiva Iglesia esperaba
con vivo anhelo como lo más importante y real. Arriba
en la ciudad en donde se respiraba, la Cristiandad había
estado aumentando en las generaciones sucesivas, y durante todo
el tiempo transcurrido así, los muertos habían
ingresado allí en proporciones cada vez mayores, de tal
manera que ahora las catacumbas constituían una vasta
ciudad de los muertos, cuyos silenciosos moradores dormitaban
en filas innumerables, hilera sobre hilera, esperando hasta que
se oiga la aclamación del Señor, llamando a congregarse
al pueblo lavado con su sangre, "en un momento de tiempo,
en un cerrar del ojo," a encontrar al Señor en el
aire.
- En muchos lugares se había
derribado los arcos con el objeto de elevar el techo a fin de
tomar habitaciones. Ninguno de ellos era demasiado espacioso,
sino que eran solamente recintos de mayor expansión en
donde los fugitivos podrían reunirse en asambleas mayores,
pudiendo al mismo tiempo respirar con desahogo. Allí pasaban
ellos su mayor tiempo, y al mismo tiempo realizaban sus asambleas
de fraterna comunión.
- Su situación se explica
por la naturaleza de los tiempos en que vivieron. Pues las sencillas
virtudes de la república habían pasado a la historia,
la libertad había huido para siempre del territorio. La
corrupción había tomado posesión del imperio,
y lo había avasallado todo bajo su mortal influencia.
Conspiraciones, rebeliones, traiciones azotaban sucesivamente
al estado. Pero el pueblo, víctima de todo, permanecía
a la distancia en silencio. Ellos veían sufrir a los valientes
de los suyos, y veían morir a los más nobles, sin
siquiera conmoverse. Nada tenía la virtud de despertar
el corazón generoso no hacer arder el alma. Sus degenerados
sentimientos solamente podían moverse ante las más
bajas pasiones.
- Empero, contra un tal estado
de cosas hizo impacto valientemente la verdad de Jesucristo,
y contra enemigos tan enormes como éstos tuvo que luchar
y abrirse paso cuerpo a cuerpo por entre tales obstáculos,
haciendo un avance lento, pero firme. Aquellos que tomaban las
armas bajo su bandera, no podían esperar un futuro muy
fácil y de comodidad. El sonido de la trompeta no era
de incertidumbre. El conflicto era severo y comprendía
el nombre, la fama, la fortuna, los amigos y la vida: todo aquello
que es tan querido para el ser humano. Así el tiempo seguía
su marcha. Si bien era verdad que los seguidores de la verdad
aumentaban en número; así también el vicio
intensificaba su poder maligno; el pueblo se iba hundiendo cada
día en la más profunda corrupción, y el
estado era arrastrado aceleradamente a la ruina más segura.
- Fue entonces cuando se levantaron
aquellas terribles persecuciones que tenían por objeto
extirpar de la tierra los últimos vestigios del Cristianismo.
La más terrible ordalía espera al cristiano si
resistía al decreto de la autoridad imperial. A los que
la seguían era inexorable la orden de la verdad, y una
vez que se tomaba una decisión, era final e irrevocable.
A veces solía suceder que tomar la decisión de
hacerse cristiano era aceptar la muerte instantánea, o
al menos ser arrojado fuera de la ciudad, proscrito de los goces
normales del hogar y de la luz del día.
Los corazones de los romanos fueron endurecidos, y sus ojos fueron
cegados. No les podía conmover en sus sentimientos no
despertarles la menos compasión, ni la inocencia de la
niñez, ni la pureza de la mujer, ni la noble hombría
de bien, ni los venerables cabellos canos del anciano, no la
inconmovible fe, no el amor victorioso sobre la muerte. No tenían
ojos para ver a tiempo la negra nube de desolación que
pendía sobre el impero, condenado irrevocablemente a muerte
por los actos de los suyos. No tuvieron visión para comprender
que del furor de ese destino, solamente les podría haber
salvado aquellos a quienes ellos perseguían.
- Empero, en la plana vigencia
de ese reino de terror, las catacumbas abren las puertas delante
de los cristianos, cual una ciudad de refugio. Allí reposaban
los huesos de sus antecesores, que de generación en generación
había luchado por la verdad, y el polvo de sus cuerpos
esperaba aquí la aclamación de la resurrección.
Allí traían ellos a sus amados parientes, conforme
uno por uno les iba dejando para volar a las alturas. Hasta aquí
elijo había traído en hombros el cuerpo de la anciana
madre, y el progenitor había visto a su menor depositado
en la tumba. Hasta aquí ellos habían portado piadosamente
los mutilados despojos por las fieras salvajes en la arena, los
cuerpos chamuscados de aquellos que habían sido entregados
a las llamas, o aun los enjutos cuerpos de los más desdichados
de todos, que habían exhalado el último suspiro
de su vida tras la larga agonía que constituía
la muerte por crucifixión. Cada uno de los cristianos
tenía algún amigo o pariente cuyo cuerpo yacía
ahí. El mismo campo era en todo sentido un campo santo.
Nada, pues, podía extrañar que ellos buscaran refugio
y seguridad en un lugar tal.
En estas moradas subterráneas, sobre todo, habían
hallado su único lugar de refugio contra la enconada persecución.
- En aquel tiempo no podía
buscar auxilio en países extranjeros, o más allá
de los mares, porque para ellos no existían países
de refugio, y no había tierra allende los mares en que
tuvieran la menor esperanza. El poder imperial de Roma mantenía
atrapado en sus garras poderosas a todo el mundo civilizado;
su tremendo sistema policiaco se extendía por todas las
tierras, y ni uno solo podría escapar de su implacable
ira. Su poder era tan irresistible, que desde el noble mas encumbrado
hasta el esclavo más humilde, todos eran igualmente súbditos
de Roma. Ningún emperador destronado podría escapar
de su venganza, ni siquiera se podía esperar el tal escape.
Cuando Nerón cayó, lo único que alcanzó
a hacer fue ir a una villa cercana y matarse. Empero, aquí
abajo, en estos infinitos laberintos, aun el poder de Roma no
tenía valor alguno, pues sus burlados emisarios vacilaban
en la misma entrada.
- En estos providenciales refugios
los cristianos permanecían, poblando densamente los innumerables
pasajes y grutas. En el día se reunían para intercambiarse
el verbo de consolación y de aliento, o también
para compartir condolencias por un nuevo mártir. Por las
noches despedían a los más osados de entre ellos
en desesperadas empresas de traerles noticias de ese mundo exterior,
o bien a traer los cuerpos ensangrentados de las nuevas víctimas.
En el transcurso de las diferentes persecuciones, ellos se replegaron
aquí bajo una seguridad tal, que aunque millones perecieron
por todo el vasto imperio, el genuino poder del Cristianismo
en Roma a penas fue sacudido.
-
- De ese modo fue puesta a cubierto
su seguridad y preservada su vida, pero ¿bajo qué
condiciones? ¿Por ventura, qué es la vida sin luz,
y qué es la seguridad del cuerpo en aquellas húmedas
tinieblas que deprimen el alma? La naturaleza física del
hombre se estremece ante tal destino, y su delicadísimo
organismo no tarda en percatarse de la falta de aquel sutil principio
renovador que tan estrechamente vinculado se halla con la luz.
Las funciones del cuerpo van perdiendo una por una las facultades
y aquel tono normal de energía. Aquel debilitamiento del
cuerpo afecta la mente, predispone a la tristeza, la aprehensión,
la duda y hasta la desesperación. No deja de ser un honor
mayor para el hombre mantenerse firme y fiel bajo tales circunstancias,
que haber ofrecido su vida en heroica muerte en la arena, o haber
muerto ardiendo resueltamente en la pira. Allí, en donde
las más densas sombras de las tinieblas envolvían
amortajando a los cautivos, fue donde estos hicieron frente con
valentía suprema a las más duras de las pruebas.
La valiente presencia de ánimo bajo la persecución
misma era lo más admirable; pero se torno tanto más
sublime al haberla resistido, no obstante sus horrores indescriptibles.
-
- Las ráfagas de aire helado
que siempre recorrían este laberinto les enfriaban hasta
los huesos, pero traía aire renovado de la superficie.
Tanto los pisos, como las murallas y los techos, se hallaban
cubiertos de depósitos inmundos de vapores húmedos
que siempre circulaban; pues la atmósfera se hallaba espesa
de exhalaciones impuras y miasmas deletéreas. El denso
humo de las antorchas siempre encendidas podría haber
mitigado los aires nocivos, pero oprimía a los moradores
con su mortal influencia, que además de cegar sofocaba.
Empero, en medio de este cúmulo de horrores, el alma del
mártir se mantuvo firme e inconmovible sin rendirse. El
revivido espíritu que resistió todo esto se irguió
a proporciones que nunca fueron alcanzadas ni en los orgullosos
días de la vieja república. Aquí fue sobrepujada
la fortaleza de Régulo, la devoción de Curtio,
la constancia de Bruto, y no por hombres adultos y fuertes solamente,
sino por tiernas vírgenes y niños endebles.
-
- Así, desdeñando
el rendirse ante el más cruel de los poderes de la persecución,
se mantuvieron firmes y sin fluctuar en la pureza de corazón,
en el bien, en la valentía y en la nobleza. Para ellos
la muerte no tenía terrores, ni tampoco la aterradora
muerte en vida a que se vieron obligados y que prefirieron soportar
allí en esas regiones del desmayo entre los muertos. Ellos
sabían lo que les esperaba cuando se decidían a
seguir a Jesucristo, y lo aceptaban todo gustoso. Ellos descendían
allí voluntariamente, llevando consigo todo lo que era
más precioso al alma del hombre, y ellos todo lo sufrían
por aquel gran amor con que ellos habían sido y eran amados.
-
- El constante esfuerzo que ellos
hacían por disminuir la intensidad de las tinieblas de
su morada, ha quedado visible en todo el rededor de las murallas.
En algunos lugares, éstas se hallaban cubiertas de estucado
blanco, y en otras se hallaban adornados con cuadros; pero de
ninguna manera con mortales deificados por adorarlos, idolátricamente,
sino sencillamente monumentos de recuerdo de aquellos grandes
héroes antiguos de la verdad, "que por fe ganaron
reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, taparon la boca
de los leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de cuchillo,
convalecieron de enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas,
trastornaron campos extraños" (Heb. 11:33-34). Si
en estas horas de angustia y amargura, habían menester
ellos buscar escenas o pensamientos que pudieran aliviarles sus
almas e inspirarles con nuevas fuerzas para el futuro, pues no
podían ellos haber encontrado otros objetos más
acertados en que inspirarse, de tanto valor y de tan bien fundado
consuelo.
- Tales eran los ornamentos de
las capillas. Pues los únicos inmuebles que contenían
era una sencilla mesa de madera, sobre la cual se colocaba el
pan y el vino de la Cena del Señor, los símbolos
del cuerpo y de la sangre de su Señor crucificado.
-
- La cristiandad llevaba largo
tiempo de lucha, y esta era una lucha contra la corrupción.
Por consiguiente, no de be considerarse extraño si la
iglesia contrajo algunas señales de su contrato demasiado
estrecho con su enemigo, o si ella llevo algunas de aquellas
señales hasta allí a su lugar de refugio. Empero,
si ellos practicaban algunas variaciones con relación
al modelo apostólico, éstas eran muy triviales,
y todas podían pasarse por desapercibidas, si no fuera
porque ellas abrieron el paso para otras mayores. Con todo ello,
las doctrinas esenciales del Cristianismo no sufrieron la menor
contaminación, ni cambio alguno. El pecado del hombre,
la misericordia del Padre, la expiación del Hijo, la unción
del Espíritu Santo, la salvación por la fe en el
Redentor, el valor de su preciosa sangre, su resurrección
física, la bienaventurada esperanza de su regreso: todas
estas verdades fundamentales eran para ellos de tanta estima
y las guardaban con tanto fervor y energía, que no alcanza
el mero lenguaje a hacer el tributo de la debida justicia.
- De ellos era aquella esperanza
celestial, el ancla del alma, tan fuerte y tan segura que la
tormenta de la ira del imperio fracasó en su empeño
de derribarlos de la Roca de los siglos en la cual ellos se hallaban
refugiados.
De ellos era aquella excelsa fe que les sostuvo frente a las
pruebas más duras. En el nombre de Cristo Jesús
glorificado a la diestra de Dios, era quien reposaba su fe y
su esperanza, y nada ni nadie más. La fe en El era todo.
Era el mismo hálito de la vida, la respiración
normal de ello, tan real que les sostuvo en la hora de los crueles
sacrificios, tan duradera que aun cuando parecía que todos
los seguidores se habían desvanecido de la tierra, ellos
con todo podían mirar a las alturas y esperar en El.
- De ellos era la plenitud de
aquel amor que definió Cristo cuando estaba en la tierra,
diciendo que era el resumen de la ley y los profetas. Era desconocida
en aquellos días la lucha sectaria y las amarguras denominacionales.
Es que ellos tenían un grande enemigo general contra quien
luchar, y ¿cómo habían de altercar unos
con otros? Allí se cultivaba el amor al semejante, que
no conocía distinción e raza o clase, sino que
abrazaba a toda la inmensa circunferencia, de tal manera que
uno podía poner su vida por su hermano. Allí pues,
el amor de Dios, derramado copiosamente en el corazón
por el Espíritu Santo, no temía llegar hasta el
sacrificio de la misma vida. La persecución, que les rodeaba
como león rugiente, les fortaleció en su celo,
fe y amor que alumbraban brillantemente en medio de las tinieblas
de la edad. Su número se limitaba a los que eran verdaderos
y sinceros. Era el mejor antídoto de la hipocresía.
Al valiente le investía del más osado heroísmo,
y al temeroso le inspiraba con valor y devoción. Ellos
vivieron en una época en la que ser cristiano era arriesgar
la vida misma. Ellos no retrocedían ni vacilaban, sino
que atrevidamente proclamaban su fe y aceptaban las consecuencias.
Ellos trazaban una línea divisoria perfectamente visible
entre ellos y el mundo, y se mantenían valientemente en
su puesto. La sencilla pronunciación de unas cuantas palabras,
la ejecución de un acto sencillo, bastaría para
salvar de la muerte; pero la lengua se negaba a pronunciar la
fórmula de a idolatría, y la mano firme rehusaba
hacer el derramamiento de la libación. Las doctrinas vitales
del Cristianismo hallaban en ellos mucho más que el mero
asentimiento intelectual. Cristo mismo no era para ellos solamente
una idea, un pensamiento, sino una existencia personal y real.
La vida de Cristo sobre la tierra era para ellos una verdad vivificante.
Ellos la aceptaban como el más adecuado ejemplo para todo
hombre. Su ternura, su humildad, su paciencia, y su mansedumbre,
pensaban ellos que se les ofrecían para que fueran imitadas;
jamás separaron ellos el Cristianismo ideal del Cristianismo
real. Ellos pensaban que la fe del hombre consistía tanto
en si vida como en su sentimiento, y no habían aprendido
a hacer distinción entre el Cristianismo experimental
y el Cristianismo práctico. Para ellos la muerte de Cristo
era el gran evento, ante el cual todos los otros eventos en la
vida del El eran solamente secundarios. Que El murió es
el hecho por excelencia, y que fue por los hijos de los hombres,
nadie en absoluto podría entenderlo mejor que ellos. Que
El fue levantado y que se halla glorificado a la diestra de Dios,
y que toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra,
era divina realidad para ellos. Pues entre sus propios hermanos
sabían de muchos que habían sido colgados en una
cruz por amor a sus hermanos, o muerto en la pira por su Dios.
Ellos tomaban su cruz y seguían a Cristo, llevando su
vituperio. Aquella cruz y aquel vituperio no eran solamente figurados.
Todo eso nos testifican esos tenebrosos laberintos, recinto propio
para los muertos solamente, que sin embargo por muchos años
se abrió para refugiar a los vivientes. Nos lo testifican
aquellos nombres de mártires, aquellas palabras de triunfo.
Las murallas conservan para las generaciones venideras las palabras
de dolor y de lamento, y de sentimientos siempre variantes que
escribieron sobre ellas durante las sucesivas generaciones por
aquellos que tuvieron que acudir a albergarse en estas catacumbas.
- Ellas transmiten su doliente
historia a los tiempos venideros y los hechos de aquellos que
fueron confinados allí. Así como la forma física
de la vida se fija en las placas de la cámara fotográfica,
así las grandes voces que una vez se arrancaron por la
intensidad del sufrimiento desde el fondo del alma misma del
mártir quedaron estampadas sobre la muralla desafiando
a los siglos venideros.
Testigos humildes de la verdad, pobres, despreciados, abandonados,
cuyos clamores por misericordia llegaban en vano a los oídos
de los hombres: ¡más bien se sofocaban en vano a
los oídos de los hombres y el humo de los sacrificios!
Empero si los de su propia raza contestaron sus clamores con
renovadas y mayores torturas, estas murallas rocosas mostraron
mayor misericordia; pues oyeron sus suspiros y los guardaron
en sus senos, y fue así que aquellos clamores de sufrimiento
vivieron allí atesorados y grabados en la roca para siempre.
La conversión de Marcelo al Cristianismo había
sido repentina. Sin embargo, tales transiciones del error a la
verdad eran más frecuentes. El había intentado
y probado las más altas formas de la superstición
salvaje y filosofía pagana, habiendo descubierto que no
satisfacían; mas tan pronto se halló frente al
Cristianismo, comprobó que llenaba ampliamente todos los
anhelos de sus conciencia. Poseía precisamente lo que
se necesitaba para poder satisfacer las ansias del alma y saciar
el vacío del corazón con la plenitud de la paz.
Y es así que si la transición fue rápida,
también fue completa y perfecta. Pues, habiendo abierto
sus ojos y contemplado el Sol de Justicia, él no podía
volverlos a cerrar. La obra de la regeneración era completada
divinamente y él recibió de buena gana la parte
que le correspondía en el sufrimiento de los perseguidos.
Las primeras predicaciones del Evangelio se caracterizaban por
la frecuencia de conversiones notables como ésta. Por
todo el mundo pagano eran incontables las almas que experimentaban
lo que experimentó Marcelo, y que gustosos se habían
sometido a las mismas experiencias. Pues sólo era menester
la predicación de la verdad, acompañada por el
poder del Espíritu Santo, que les abría los ojos
y los conducía a ver la luz. He aquí la causa y
la clave de la rápida diseminación del Cristianismo,
la influencia divina real sobre la humana razón.
Marcelo pues, viviendo la vida y compartiendo la actividad y
la comunión con sus hermanos, no tardó en penetrar
al fondo de sus esperanzas, sus temores y sus alegrías.
La fe viva y la confianza inquebrantable de ellos se comunicaban
a su corazón, y todas las gloriosas expectativas que los
sostenían a todos ellos, no tardaron en llegar a ser el
más afectivo solaz de su propia alma. La bendita Palabra
de vida llegó a ser materia de su constante estudio y
deleite, y todas sus enseñanzas hallaron en él
su más ardiente y activo discípulo.
Las reuniones más frecuentes por todas las catacumbas
eran las de oración y alabanza. Habiendo sido así
providencialmente apartados de las ocupaciones comunes de los
negocios del mundo, se dedicaban por entero a más elevados
y sublimes objetivos en que ponían todo su empeño.
Privados aquí como se hallaban de la oportunidad de hacer
algún esfuerzo por el sostén del cuerpo, se veían
constreñidos a dedicar su vida íntegramente al
cuidado del alma. Y ellos lograban con creces lo que buscaban.
Pues la tierra, con sus cuidados afanosos y sus atracciones y
sus miles de distracciones, habían perdido sobre ellos
todo influjo; dejándolos libres. Los cielos se les habían
acercado; sus pensamientos y su lenguaje eran justamente los
del reino. A ellos les complacía hablar y pensar en el
gozo inconmensurable y digno que esperaba a los que fueren fieles
hasta la muerte. Les deleitaba conversar y departir sobre aquellos
hermanos que ya habían partido, y que solamente les llevaban
la delantera. No se les ocurría siquiera pensar que se
hubieran perdido. Todo ello les hacía prever el momento
cuando su propia partida también llegaría. Pero
por sobre todas las cosas, ellos miraban mayormente a aquel día
del gran llamamiento final, que levantaría a los muertos,
transformaría a los vivos, y traería alrededor
de El a los comprados con su sangre, a su pueblo lavado con su
sangre, hasta ese lugar de encuentro en el aire; y esperaban
el establecimiento del tribunal de Cristo, donde El otorgará
sus recompensas por el servicio fiel, (I Tes. 4:13-18; Fil. 3:20,21;
I Cor. 3)
Fue así como Marcelo vio estos lúgubres pasadizos
subterráneos, no entregados para el silencio del sueño
de los muertos, sino densamente poblados de miles de vivientes.
Descoloridos, pálidos y oprimidos, hallaban aun en medio
de estas tinieblas un destino mejor que el que les podía
esperar en la superficie. Su actividad vital animaba esta región
de los muertos; el silencio de esos pasillos era interrumpido
por el sonido de las humanas voces. La luz de la verdad, la virtud
ahuyentada de los aires saludables de arriba, florecía
y se encendía con más puro y reluciente brillo
en medio de estas tinieblas subterráneas. Los tiernos
saludos de afecto, de la amistad, de la fraternidad y del amor,
se cultivaban entre los desmoronantes restos de los que se habían
ido. Aquí se mezclaban las lágrimas de duelo con
la sangre de los mártires, y las manos cariñosas
envolvían un sus últimos sudarios los pálidos
despojos. En estas grutas las almas heroicas se erguían
por encima del dolor. La esperanza y la fe sonreían gozosas,
y señalaban con firmeza a "la brillante estrella
de la mañana," y de los labios de quienes debían
lamentar brotaban voces de alabanza.
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