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- EL MARTIR DE LAS
CATACUMBAS (Parte IX)
- La Persecución
- La paciencia os es
necesaria,
- para que después
que hayáis hecho la voluntad de Dios, recibáis
la promesa.
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- La persecución arreció
con mayor furias. No habían transcurrido sino una pocas
semanas desde que Marcelo vivía allí, cuando un
mayor número había acudido en desesperada búsqueda
de este refugio de retiro. Jamás en el pasado se habían
congregado tantos en las catacumbas. Generalmente las autoridades
se habían contentado con los cristianos más prominentes,
y en consecuencia, los fugitivos que recurrían a las catacumbas
componían esta clase. Fue en verdad la persecución
más severa que les sobrevino esta vez, abarcándolos
a todos, y solamente bajo el gobierno de unos pocos emperadores
se había mostrado tal encarnizamiento indiscriminado.
Esta vez no se hacía la menor distinción de clase
o posición. Pues al más humilde seguidor como el
más eminente de los maestros, se les persiguió
a muerte con la más encarnizada furia.
Hasta época la comunicación con la ciudad era relativamente
fácil para los refugiados, porque los cristianos que arribas
habían quedado, aunque pobres en medios, no descuidaban
a los que estaban en las profundidades del escondite, ni olvidaban
sus necesidades. Fácilmente, pues, se podía adquirir
provisiones y auxilio no faltaba. Pero llegó la hora en
que precisamente aquellos en cuyo auxilio confiaban los fugitivos,
también habían sido víctimas de la persecución
y obligados a compartir su destino con sus hermanos de las grutas
y tener ellos mismos que recibir caridad en vez de darla.
Con todo, su situación no la afrontaban desesperándose.
Aun en esa Roma habíanse provisto muchos que les amaban
y les ayudaban, no obstante no ser cristianos. En todo gran movimiento,
siempre habrá una considerable proporción de seres
neutrales, los mismos que, bien sea por interés o por
indiferencia, se mantienen al margen. Estas personas invariablemente
se unirán al lado más fuerte, y cuando el peligro
amenaza, suelen soslayarlo haciendo cualquier concesión.
Tal, pues, era la condición en que se hallaban numerosos
romanos. Ellos tenían amigos y parientes a quienes amaban
entre los cristianos y por quienes sentían la más
cordial simpatía. Siempre se mantenían dispuestos,
a ayudarlos, pero desde luego, tenían la debida consideración
de su propia seguridad para no llegar al extremo de jugarse su
suerte juntamente con ellos. Seguían siendo cumplidos
asistentes a los templos y a la adoración de los dioses
paganos como antes, viniendo a ser así adherentes nominales
de las viejas supersticiones oficiales. Estos fueron quienes
proveyeron a las necesidades de la vida de los cristianos.
Pero ahora además, toda expedición que se intentara
hacer a la ciudad se hallaba rodeada de mayores e inminentes
peligros, y solamente los muy osados e se atrevían a aventurarse.
Pero ese profundamente arraigado desdén por el peligro
y la muerte era tal, y eran tanto los que de él estaban
inspirados, que jamás dejaron de ofrecerse espontáneamente
los hombres para desafiar a la muerte en tan peligrosas empresas.
He allí las tareas peculiares para las que Marcelo se
ofrecía entusiasta y gustoso de poder hacer algo por sus
hermanos. La misma valentía y perspicacia que le habían
elevado hasta los más altos rangos militares, ahora lo
hacían descollar con todo éxito en estas sus nuevas
actividades.
Decenas de fieles eran capturadas y sacrificadas cada día.
Los cristianos se encargaban de la igualmente arriesgada tarea
de recuperar sus despojos mortales para darle sepultura a su
modo. En esto no era tanto el peligro, ya que se relevaba a las
autoridades de la molestia de quemarlos y enterrar sus cadáveres.
Un día llegaron noticias a la comunidad residente debajo
de la Vía Apia que dos de los suyos habían sido
capturados y entregados a muerte. Marcelo juntamente con otro
salieron con la misión de recuperar sus cuerpos. Polio,
aquel chiquillo con corazón de adulto, fue con ellos por
si hubieran menester sus servicios. Era el anochecer cuando llegaron
a la puerta de la ciudad, y las tinieblas no tardaron en cubrir
sus desplazamientos. Pero no tardó en aparecer la luna
a iluminar el amplio escenario.
Se escurrieron abriéndose paso por las calles tenebrosas,
hasta llegar finalmente al Coliseo, el lugar de martirio de tantos
de sus compañeros. Aquella enorme mole se elevaba orgullosa
delante de ellos, amplia, tenebrosa y severa, como el poder imperial
que la había construido. Multitudes de cuidadores, guardianes
y gladiadores habían dentro de sus puertas, cuyos pasajes
abovedados eran iluminados por el resplandor de las antorchas.
Los gladiadores sabían el motivo de su presencia, y les
ordenaron rudamente que siguieran. Ellos mismos los guiaron hasta
que estuvieron en la arena. Allí se hallaban tirados numerosos
cuerpos, los últimos que habían sido muertos aquel
día. Se hallaban cruelmente mutilados; algunos se hallaban
en condiciones tales que apenas se distinguían que eran
seres humanos. Después de una larga búsqueda, hallaron
los dos a quienes buscaban. Esos cuerpos fueron seguidamente
colocados en grandes sacos, en los cuales se disponían
a llevarlos.
Marcelo se detuvo a contemplar el escenario que le rodeaba. Se
hallaba completamente rodeado de macizas murallas que se elevaban
por medio de numerosas terrazas en declive hasta llegar al coronamiento
en el círculo exterior. Su negra estructura parecía
encerrarle con barreras tales que él ya no podía
franquear.
El pensaba: "¿Cuándo llegará también
el día en que yo de la misma manera ocupe mi puesto aquí,
ofrendando mi vida por mi Salvador? ¿Seré fiel
cuando llegue aquello momento? ¡Oh, Señor Jesús,
sostenme en aquella hora!"
Todavía la luna no había ascendido lo suficiente
para que penetraran sus rayos dentro de la arena. Allí
en ese interior todo era oscuro y repulsivo. La búsqueda
había tenido que hacerse con antorchas prestadas de los
guardianes.
En esos momentos Marcelo escuchó una voz profunda procedente
de alguno de los arcos posteriores. Sus tonos penetraron dentro
del aire de la noche con claridad sorprendente, y se les podía
oír por encima de la ruda algarabía de los guardas:
-
- Ahora ha venido la
salvación y la fortaleza,
Y el reino de nuestro Dios,
Y el poder de su Cristo:
Porque el acusador de nuestros hermanos es arrojado,
El que los acusaba delante de Dios día y noche.
Y ellos lo vencieron por la sangre del Cordero,
Y por la palabra de su testimonio,
Y no amaron su vida hasta la muerte.
-
- -¿Quién es ése?
-dijo Marcelo.
- No le atiendas -dijo su compañero-. Es el hermano Cina.
Sus penas y dolores le han vuelto loco. Su único hijo
fue quemado en la pira a l principio de la persecución,
y desde entonces él ha andado recorriendo la ciudad anunciando
calamidades por venir. Hasta la fecha no se habían cuidado
de él; pero finalmente le han capturado.
-¿Y está prisionero aquí?
- Sí.
- Y de nuevo la voz de Cina se
dejó oír, espantosa, amenazante y terrible:
- ¿Hasta cuándo,
oh Señor santo y verdadero, no vengarás Tú
nuestra sangre
De aquellos que morar en la tierra?
- -¡Este es, entonces ,
el hombre que yo oí en el capitolio!
- Sí, debe ser él, porque ha recorrido por toda
la ciudad, y aun en el palacio, clamando y pregonando eso mismo.
- Vamos.
-
- Tomaron sus sacos y se encaminaron
hacia las puertas. Después de una breve pausa, se les
permitió pasar. Y conforme salían, oyeron la voz
de Cina en la distancia:
-
- Caída es,
caída es, Babilonia la grande,
Y ha venido a ser la orada de los demonios,
Y el depósito de todos los espíritus inmundos,
Y la jaula de toda clase de aves malignas e inmundas:
¡Salid de ella, pueblo mío!
-
- Ninguno de ellos pronunció
palabra alguna hasta que llegaron a suficiente distancia del
Coliseo.
Marcelo rompió el silencio. -Sentí un gran temor
de que nos encerraran y no nos dejaran salir más de allí.
El otro le contestó: -No sin razón sentiste aquel
temor. EL menor capricho repentino del guarda podría ser
nuestra sentencia de muerte inevitable. Pero, para ellos debemos
estar siempre preparados. Pues en tiempos como éstos,
debemos estar dispuestos a afrontar la muerte en cualquier momento.
¿Qué dice nuestro Señor? "Estas siempre
vosotros listos y apercibidos" Cuando el tiempo n os llegue,
debemos estar dispuestos a decir: "Listo estoy para ser
ofrecido."
- Si -dijo Marcelo. Nuestro Señor nos ha dicho lo que
hemos de tener: "En el mundo tendréis aflicción..."
- Ah, pero también El dice: "Más confiad;
yo he vencido al mundo... Donde yo estoy, vosotros también
estaréis."
- Por medio de El -dijo Marcelo-, podemos salir más que
vencedores sobre la muerte sobre la muerte. Las aflicciones de
este tiempo presente no son dignas de compararse con la glorias
que nos ha de ser revelada.
-
- Así se consolaban ellos
con las promesas seguras de la bendita Palabra de vida que en
todos los tiempos y en todas las circunstancias es capaz de dar
tal consolación celestial. Finalmente llegaron a su destino
sanos y salvos portando sus cargas, con la más íntima
gratitud en sus corazones hacia Aquel que les había preservado.
No muchos días después, Marcelo volvió a
salir en busca de provisiones. Esta vez él fue solo. Fue
a la casa de un hombre que era muy amigo para con ellos y les
había sido de gran ayuda. Estaba por fuera de las murallas,
en las inmediaciones de la Vía Apia.
Después de haber obtenido las provisiones indispensables,
empezó a averiguar por las noticias.
- Malas son para vosotros las noticias- dijo el hombre-. Uno
de los oficiales de los pretorianos se convirtió al cristianismo
recientemente, y eso ha enfurecido al emperador. Este ha designado
a otro oficial para el cargo que aquel tenía, y le ha
comisionado a perseguir a los cristianos. Y es así que
cada día capturan algunos de ellos. Pues en estos días
no hay un solo hombre que sea considerado demasiado pobre como
para no capturarlo.
- Ah, ¿sabe usted el nombre del nuevo oficial de los pretorianos
que está encargado de perseguir a los cristianos?
- Lúculo.
- ¡Lúculo! -Exclamó Marcelo-. ¡Qué
extraño!
- Dicen que es un hombre de mucha habilidad y energía.
- He oído hablar de él. Y a la verdad estas son
malas noticias para los cristianos.
- La conversión al cristianismo del otro oficial de los
pretorianos ha enfurecido al emperador hasta enloquecerlo. A
tal extremo que se ofrece un cuantioso rescate por él.
Y si tú, amigo, por ventura lo vez o te hallas en condiciones
de hacérselo saber, procura por todos los medios comunicárselo.
Dicen todos que él está en las catacumbas con vosotros.
- El debe estar allí, puesto que no hay otro lugar de
seguridad.
- Verdaderamente, estos son tiempo terribles. Tiene necesidad
de tomar todas las precauciones posibles.
- Marcelo contestó, humilde, pero firmemente,- No pueden
matarme más de una vez.
- ¡Oh vosotros los cristianos derrocháis la fortaleza
más excelente. Yo admiro con toda mi alma vuestra valentía;
pero yo pienso que podríais conformaros exteriormente
al decreto del emperador. ¿Por qué, pues, habéis
de precipitaros así tan locamente a la muerte?
- Nuestro Redentor murió nosotros. Y por nuestra parte,
no podemos menos que estar listos a morir por El. Y, puesto que
El murió por su pueblo, nosotros también nos complacemos
voluntariamente en imitarle, ofreciendo nuestras vidas por nuestros
hermanos.
- Sois una gente divinamente maravillosa -exclamó aquel
hombre al mismo tiempo que levantaba las manos en alto.
-
- Llegó el momento en que
Marcelo se tuvo que despedir, y luego partió llevando
su carga. Las noticias habían sido tales que habían
llenado y conmovido su mente y todo su ser.
- "Así que Lúculo
se ha hecho cargo de mi lugar," pensaba él, en su
camino.
"¡Cómo quisiera saber si él se ha vuelto
contra mí! ¿Pensará él ahora de mí
como su amigo Marcelo, o sencillamente como de un cristiano?
Puede ser que lo descubra dentro de poco. Sería verdaderamente
extraño que yo cayera en sus manos; y con todo, si yo
fuese capturado, probablemente llegaría a estar cerca
de él."
"Pero él tiene que cumplir con su deber de soldado
¿y por qué debería yo quejarme? Pues si
él ha sido nombrado para ese puesto, no le queda otra
alternativa que obedecer. Y él, como soldado, no puede
tratarme de otro modo sino como enemigo del estado. El bien puede
tenerme lástima, y aunque amarme en su corazón
de amigo, pero con todo no puede eximirme de cumplir con su deber."
"Puesto que se ha ofrecido un rescate sobre mi cabeza, ellos
tienen que redoblar sus esfuerzos para dar conmigo. Creo, pues,
que mi tiempo ha llegado. Debo estar preparado para hacer frente
fielmente a lo que venga."
Sumido en estos pensamientos había recorrido la Vía
Apia. Había estado tan envuelto en sus meditaciones que
no dio cuenta de una multitud de gente que estaba reunida en
un esquina, hasta que estuvo en medio de ellos. Y repentinamente
se encontró detenido.
-Oh, amigo -exclamó una voz ruda-, no te des tanta prisa.
¿Quién eres tú, y adónde vas?
-¡Deje el paso libre! -exclamó Marcelo en tono de
mando, natural en quien ha tenido hábito de mandar y tener
hombres a sus órdenes, indicando al hombre que se apartara.
La multitud se sorprendió por el modo autoritario y el
tono imperioso, pero el vocero de ellos se mostró más
valiente.
-¡Dínos quién eres o no pasas!
A lo que Marcelo replicó -Hombre, apártate a un
lado. ¿No me conoces que soy pretoriano?
Ante aquel hombre tan pavoroso como venerable, la multitud se
abrió rápidamente, y Marcelo pasó por en
medio de ellos. Pero apenas habíase alejado él
unos cinco pasos, cuando una voz exclamó:
- ¡Prendédle! ¡Es Marcelo, el cristiano!
La multitud también vociferó al unísono.
Pero Marcelo no esperó mayor advertencia. Arrojando la
carga que llevaba, emprendió rauda fuga hacia el Tíber
por una calle lateral. La multitud íntegra le persiguió.
Era una carrera de vida o muerte. Pero Marcelo había sido
entrenado en todo deporte atlético, y en segundos multiplicó
la distancia que le separaba de sus perseguidores. Finalmente
llegó al Tíber, y arrojándose a él
nadó hasta el lado opuesto.
- Los perseguidores llegaron a
la orillo del río, pero de allí no pasaron.
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