ROMA Y LA TOMA DE JERUSALEN
 
Los romanos siempre habían tenido dificultades para gobernar Judea: la ineficacia de los procuradores (gobernadores) y la recaudación de impuestos por publicanos corruptos hicieron que la ocupación fuera insoportable, a pesar de que Judea conservara su propia legislación bajo la dirección del sanedrín. Además, todas las manifestaciones de la cultura pagana le resultaban intolerables al pueblo judío en la medida en que no respetaban sus principios religiosos.
 
Las guerras de los judíos
 
Esta situación explosiva se tradujo hasta el año 66 en motines y manifestaciones contra los invasores. Las corrientes masiánicas que predicaban la llegada de un rey victorioso, el único capaz de devolver la independencia al pueblo judío, impregnaban fuertemente el judaísmo del siglo I. A sus aspiraciones nacionales y a la interpretación de la promesa hecha a los judíos por su Dios vino a añadirse la pésima gestión de los romanos. Los zelotes, grupo extremista minoritario pero muy activo, llevaron a cabo una política de atentados contra los romanos y contra los judíos sospechosos de colaborar con aquellos. En este clima de tensión progresiva bastó una provocación romana para arrastrar a todo el país a la rebelión: en 66 el procurador Floro se apoderó de diecisiete talentos de oro depositados en el tesoro del Templo de Jerusalén. Los habitantes de la ciudad, para ridiculizar el hecho, promovieron una suscripción para ayudar al gobernador "necesitado". Como represalia, Floro ordenó a sus tropas saquear la ciudad. Mediante una serie de reacciones en cadena, el motín local se transformó en una guerra generalizada de extrema violencia, agravada por las disensiones internas del pueblo judío. A fines de 66, tras expulsar a los romanos, se instaló en Jerusalén un gobierno provisional.
 
Ante la gravedad de la situación en Judea y la impotencia de las tropas para contener a los insurrectos, el emperador Nerón confió en 67 la dirección de las operaciones a Vespesiano, uno de sus mejores generales que, acompañado de su hijo Tito y de 60 000 hombres, reconquistó progresivamente el país: el norte fue sometido a fines de 67 y en 68 los romanos controlaron Perea y Samaria. Ya sólo quedaba un foco de resistencia en Judea alrededor de Jerusalén y, cuando, en julio de 69, Vespasiano fue aclamado emperador por sus legiones, encargó a su hijo Tito la tarea de apoderarse de la ciudad.
 
Hacia la Diáspora
 
El asedio de Jerusalén que comenzó en la primavera del 70 estuvo plagado de atrocidades tanto en la ciudad como entre los dos campos enemigos. Cuando en el mes de agosto Tito entró en la ciudad asediada, ordenó inmediatamente incendiar el Templo, cuyos objetos sagrados se exhibirían en la procesión de su triunfo. La ciudad quedó totalmente arrasada y decenas de miles de judíos fueron vendidos como esclavos. Las últimas fortalezas de Judea, Herodion, Maqueronte y Masada, fueron sometidas en los años siguientes. En 70 el pueblo judío no sólo perdió su país y su capital, sino también el Templo, centro de su vida religiosa. Sin embargo, algunos doctores de la Ley, de filiación farisea, reunidos en Jamnia, se preocuparon por determinar las reglas que permitirían preservar el judaísmo. Se fijó el canon de los libros santos, el sanedrín reconstituido quedó bajo la dirección del na'sí (príncipe) y se elaboró una legislación para las comunidades de la Diáspora.
 
Cuando el emperador Adriano decidió construir en el emplazamiento de Jerusalén una ciudad romana llamada Aelia Capitolina, los judíos que aún residían en Judea se sublevaron por última vez: en 132, Simón Barcokebas encabezó una rebelión tan violenta como la de 66 y se apoderó de Jerusalén.
Pero los romanos aplastaron la insurrección en 135, fecha en la que se inició la diáspora definitivamente del pueblo judío.
 
En cada país de esta diáspora el judaísmo se reconstituyó sobre bases religiosas reforzadas. Las comunidades del exilio elaborarían los monumentos del pensamiento judío como el Talmud palestino (siglo III y IV) y el babilónico (siglo V), interpretaciones de la Torá, o Ley escrita y su significado.
 
Los Emperadores Flavios
 
Tras los dramáticos acontecimientos del año 69, durante el que se sucedieron tres emperadores en un intervalo de pocos meses, una nueva dinastía , la de Los Flavios, procedente de la burguesía italiana, sucedió a los Julio Claudios en el trono imperial. Mientras que la antigua nobleza casa había desaparecido por completo, unas nuevas accedían al poder.
 
Vespasiano, el "emperador sensato" (69-79) intentó presentarse como un salvador designado por los dioses. Dotado de un realismo y un sentido práctico admirables, reorganizó el Imperio favoreciendo el ascenso de los provincianos; así pues, muchas ciudades obtuvieron el derecho de ciudadanía.
También aportó una solución provisional al problema de la sucesión imperial al nombrar a sus hijos herederos del trono. Sin embargo, su primogénito Tito, que se adjudicó el apodo de "deleite del género humano", murió tras dos años de reinado, y Domiciano (81-96), su hermano menor, que tenía en su haber la extensión del Imperio en Bretaña y en los Campos Decumanos entre el Rin y el Danubio, cayó en la megalomanía. Sus persecuciones a intelectuales y cristianos le valieron el sobrenombre de "Nerón calvo". Fue asesinado en septiembre de 96 por una conjura en la que estaban implicados su esposa y los prefectos del pretorio.

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